Diario de León

DISTINTAS FORMAS DE VER LEÓN

CAPITOLINA DÍAZ
​Catedrática de Sociología y Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2025

Cuando las mujeres no salían en el periódico

CAPITOLINA DÍAZ
Catedrática de Sociología y Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2025

CAPITOLINA DÍAZ Catedrática de Sociología y Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2025

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Una mañana cualquiera de comienzos del siglo XX, el mercado de León ya estaba en marcha cuando la ciudad aún desperezaba el día. Las primeras en ocupar la plaza eran mujeres. Vendían, intercambiaban, regateaban y también se contaban las novedades. Sabían precios, pesos y calidades. Sabían quién fiaba y quién no. Sabían, sobre todo, que de manejar bien aquel intercambio dependía que la casa funcionara.

Ese mismo día, el Diario de León, nuestro periódico, informaba de política, de acuerdos municipales, de obras públicas, de sucesos. De aquellas mujeres, casi seguro, no decía nada. No porque no estuvieran. Sino porque eran tan imprescindibles que resultaban invisibles. Igual que no vemos ni veíamos el aire que respiramos o la sangre que nos alimenta, no vemos a las mujeres que nos han dado la vida y que la sostienen.

Hace 120 años, en León, casi ninguna mujer tenía empleo. Y, sin embargo, casi todas trabajaban. Lo hacían en el campo, en el hogar, en los cuidados, en esa economía pequeña y constante que sostenía la vida cotidiana. No firmaban contratos ni aparecían en las estadísticas, pero sin ellas no había mercado, ni comida, ni comunidad. Ni siquiera iglesia, porque aunque los visibles eran los párrocos, quienes sostenían la parroquia eran las mujeres. El mundo seguía adelante apoyado en un trabajo que no tenía nombre ni, supuestamente, autoras.

Ciento veinte años después, el panorama parece otro. Las mujeres estudian más, trabajan fuera de casa, tienen derechos civiles y presencia pública. Son la mitad —y a veces más— del alumnado universitario; una parte esencial del personal sanitario, jurídico y educativo; están en las redacciones, en los juzgados, en las consultas médicas, en la policía, en la administración pública. También sostienen buena parte de la vida cultural, asociativa y comunitaria, a menudo sin demasiados focos. Aparecen en las cifras de empleo y también, con demasiada frecuencia, en las de desempleo. Hoy sí salen en el periódico. Y, sin embargo, la paradoja es evidente: justo cuando su trabajo, su talento y su valía se reconocen, muchas ya no están. Se marchan.

Porque en estos 120 años el cambio no ha sido lineal. Antes, las mujeres sostenían la vida quedándose. Ahora, muchas sostienen su proyecto marchándose. No por falta de arraigo, sino por falta de condiciones. Empleo estable, servicios, conciliación, expectativas. Cuando el territorio no ofrece futuro, son ellas quienes lo perciben antes. Lo hacen con una mezcla de lucidez y responsabilidad: no se van solo por ambición, sino por previsión.

León es un buen lugar para observar este desplazamiento. Durante décadas, las mujeres asumieron la responsabilidad cotidiana sin reconocimiento. Hoy tienen reconocimiento, pero no siempre encuentran dónde ejercerlo. El resultado es una provincia con mujeres muy formadas y talentosas, y pueblos cada vez más vacíos; con abuelas que sostienen lo que queda y jóvenes que no encuentran dónde quedarse. Cada partida no es solo un traslado individual: es una pérdida colectiva de capital humano, de vínculos, de futuro compartido.

No es una cuestión sentimental ni un reproche generacional. Es una cuestión estructural. Cuando faltan escuelas, transporte, empleo cualificado, servicios públicos suficientes y redes de apoyo, la decisión de irse deja de ser excepcional y se convierte en razonable. Y cuando son ellas quienes se van en mayor medida, el impacto demográfico y social se acelera. Allí donde faltan mujeres jóvenes, faltan también nacimientos, proyectos familiares, iniciativas económicas y dinamismo comunitario.

En estos 120 años han cambiado muchas cosas: los derechos, la educación, las posibilidades vitales. Pero hay algo que se mantiene con inquietante constancia: aquello que sostiene la vida sigue ocupando un lugar secundario. Antes no se veía. Ahora se ve, pero seguimos sin organizar la vida —ni la economía, ni la planificación territorial— en torno a lo que la sostiene. Seguimos considerando central lo que produce renta inmediata y secundario lo que garantiza continuidad.

Tal vez esa sea una de las preguntas que deja este aniversario. No solo qué ha cambiado en León en 120 años, sino qué seguimos dando por hecho. Un periódico no solo cuenta lo que ocurre; también contribuye a definir lo qué importa. Hace un siglo, las mujeres no salían en sus páginas. Hoy salen. La cuestión es si sabremos leer lo que su presencia —y su ausencia— nos está diciendo sobre el rumbo de la provincia.

Las mujeres ya no son invisibles. Lo que sigue siendo difícil es construir un territorio que pueda seguir adelante sin perderlas. Y quizá el verdadero aniversario no consista solo en celebrar el pasado, sino en asumir la responsabilidad de imaginar un futuro en el que quedarse vuelva a ser una opción viable, y no un gesto heroico.

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