Diario de León

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Vi al milagroso Macario arreglar transistores muertos, planchas esferulés y lámparas ancianas en una tienducha taller de dos cuartas y media. Vi a falangistas con correajes de lustre encender pebeteros y hacer guardia en la Cruz de los Caídos de San Isidoro. Vi pasteles de asombro en Camilo de Blas que no podíamos comprar. Vi reatas de hasta veinte enjaezados burros con cascabeles y serones sacando arena cada día del río Bernesga. Vi a menudo al obispo Almarcha bajar de su cochazo de cortinillas como Conde de Colle y Señor de las Arrimadas. Vi a parejas anochecidas tras las sebes de las Eras y dejar después de firma un «calcetín de viaje». Vi a un niño perder dos dedos con un bote-bomba de la pólvora que hacíamos. Vi a Franco, pero no, cada vez que pasaba a toda velo frente a la Normal al ir a pescar a Asturias... y vi a Franco rato largo mientras cantábamos para él la escolanía en un cenorrio en San Isidoro. Vi el primer bolífrago cuando ya tenía siete años y gabardinitas para la lluvia que eran de plexi-glass. Vi a un peluquero de los que aún tocaban la guitarra y la bandurria. Vi a un ebanista que llenaba su taller con jaulas de canarios que criaba. Vi un cartelón-esquela de Manolete con algún jirón que aún resistía en los muros del viejo Hospicio. Vi demasiados «cuentos» de Hazañas Bélicas, TBOs y Pumbys. Vi muchas veces a Félix el futbolista hacer pan en su horno de San Esteban y a Mantecón el defensa bajar suicidamente las cuestas del barrio en bici para ir a dar de comer a los gochos. Vi a un protestante confeso y de honestidad muy respetada que vendía jamones. Vi al padre Gregorio, agustino orondo, dar siempre sonoros besos algo babosos a los niños tras confesarles. Vi al secretario del ayuntamiento de San Andrés llevarse camionetas municipales de carbón para su casa. Vi a una peripuesta mujer que trabajaba en Ovejero encantada de ir sembrando miradas muy obscenas. Vi a mi madre llorar por razones ajenas y desgracias muy lejanas.

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