FUERA DE JUEGO
Cuando el lobista devoró a Bambi
El hecho de que Renfe busque socio para disponer de una empresa propia de autobuses —con la que rebajar los costes de sus averías— es una clara confesión de sus problemas. Un fracaso en el que parecen sumidas cada vez más las acciones de un Gobierno, pero no del Estado, que pese a lo que digan no ha fracasado. Son las decisiones últimas de quienes ocupan los despachos las que generan los desastres y peligros que se extienden incluso más allá del departamento de lo que tradicionalmente se llamó Fomento, el área clave en las infraestructuras. Quizá Óscar Puente es el paradigma de esa nueva política que ya no sabe de compartimentos estancos, en la que existía diferencia al actuar entre un político de partido y los que ocupaban puestos como delegado del Gobierno, subdelegado... E incluso había alcaldes, presidentes de diputaciones y un largo etc. que distinguían entre el rol de representante de un órgano del aparataje que sustenta el Estado y el día que se podía ser hooligan del partido. Poner a los más voceras, macarras y, muchas veces, incompetentes a pilotar las cosas impulsa inevitablemente la gestión al caos. Aunque se intente travestir los temas.
Esta semana, parece que retorna don Quijote para explicarnos que no eran molinos, que eran gigantes. De nuevo, buscando deformar las realidades. Aunque ya las fijó hace muchos años el perspicaz Alfonso Guerra. Resulta que no era Bambi. Al mítico amante del talante lo ha devorado un «lobista» que, para no incurrir en la mentira, confesó que cobra y bien por hacer affaires. Sí, de asesoría, la mítica palabra que también usó el árbitro Negreira sobre sus cobros del Barça aunque no fue capaz de mostrar ni un solo papel. Al igual que su hijo andaba de fontanero por los túneles del Nou Camp, ahora son las hijas de ZP las protagonistas de acciones de difícil encaje. En ambos casos, la Justicia se toma su tiempo, pero es posible y probable que algún día vuele por los aires todo lo de la aerolínea sin aviones operativos que se matriculaba en Venezuela.
Entre tanto ruido, con guerra incluida, nadie mira siquiera de reojo para las elecciones. Cuanto más predican, menos caso se les hace. A pesar del peso creciente de los partidos en la sociedad —que invaden más posiciones, como en las batallas—. Una inmensa contradición, pero que resulta inapelable. Es algo así como comprar un billete en Renfe, pero diseñando el equipaje más adecuado para acabar metido en un autobús...