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Mi honor no fue el conocer a Raúl del Pozo en 1974, sino el poder apuntarme a aprenderle cuando me fichó el diario «Pueblo», despuntando ahí también en mozo de estoques Pérez Reverte (compartíamos mismo jefe de sección, Andrés Aberasturi). Pero el verdadero totem del periodismo total con capotazos de largas cambiadas en aquel último franquismo era Raúl. Y si había un referente para conocer las mañas y atajos de este oficio, más que ningún otro era él, el periodista todoterreno de mirada larga que traspasaba chapas y paredes de despacho con verbos bruñidos y afilados que daban la vuelta al ruedo tras cortarle al listín o al tontuelo las dos orejas; y más de dos cretinos perdieron hasta el rabo. Teniendo además altura para arrogarse categoría, siempre se empeñó en disimularla en su llaneza. Escribió como nadie alcanzaremos a hacerlo y domesticaba la palabra con fierro o con pluma de místico por pisar el alfombrón de las alturas con la naturalidad de un duque y con ternura las aceras puercas de la noche burlada antes de que pasara el barrendero de madugada. La vida, cualquier vida, no le era ajena... y así fue alejándose de la muerte.

Al morir Umbral y quedar muda su voz en tinta de «Los placeres y los días», en la última de El Mundo, convocó su director Pedrojota a cien plumas señeras para prolongar el luto en ese espacio y elegir al de más mérito para sucederle. La primera fue la suya y después la de Raúl, capaz de bailar sobre su tumba haciendo de su cruda sinceridad el mejor de los halagos. No hacía falta más y escribí aliviando a Pedrojota de más averiguaciones: nadie de los 98 al resto podría superar la excelencia y pulcritud de Raúl. Y esa plaza en propiedad acabó siendo para el de Cuenca, un Del Pozo que ya no dejaría de manar ahí su «El ruido de la calle» hasta morir. Y él, que no creía en posteridades ni las pretendía, sólo quería saberse que escribía bien (le obsesionaba no repetir una palabra en un texto). Y con su coña de acero y seda comentaba: «Uno empezó en esto de periodista y, degenerando-degenerando, acabó de columnista». Bendita degeneración, maestro, hoy silencio de negro pesar.