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Hay dos cosas que nos huelen bien por narices: el interior de un coche recién estrenado y el que aspiramos entre las páginas de un libro nuevo desvirgándolo al azar. Pero... ¿por qué esa manía de calar la napia en lo hondo del valle de ese libro abierto poniendo cara golosa como si nos llegara el olor de un pan recién horneado o nos embriagara el olor a café que madrugando corre por el pasillo hasta la alcoba para despertarnos con un beso de perfume a hogar?... ¿a qué éxtasis o a qué mundo indefinido nos transporta el olor de un libro nuevo?... ¿y por qué no dejamos de insistir en este rito?...

Lo hago, cómo no, con el último recibido, un regalo de Susana para que descubra la talla de un genio tan poco visto en España como releído en su Francia, Georges Perec, que se enteró muy tarde de que era judío (sus padres así lo prefirieron, afrancesando el apellido de sus abuelos polacos, Peretz, que delata a su vez el Pérez o Peres de nuestra vieja diáspora sefardita). Se titula «Me acuerdo», Je me souviens, y es una joya («prodigiosamente entretenido, en el sentido en que Carroll y Laurence Sterne son entretenidos», dijo de él Paul Auster). Pero al amorrarme entre sus páginas se me echó la cara patrás, me olió mal... y si no muy mal, sí nada de bien esperado. Ahora no todos los libros huelen a vieja celulosa maderera y tinta de imprenta honrada. Hoy el papel se hace con celulosa virgen o reciclada, cierto, procesando la madera con hidróxido de sodio y sulfuro de sodio y agentes blanqueantes como el dióxido de cloro y perióxido de hidrógeno junto a cargas minerales como arcilla de caolín, tiza y óxido de titanio para mejorar su opacidad o suavidad, si es que no le añaden en algunos casos polipropileno o polietileno para su resistencia o control de absorción. Y ahora, la tinta: lleva pigmentos, colorantes, aditivos, espesantes, disolventes químicos, antioxidantes, biocidas o alguna otra cosa de industrial ladino que puede ser tóxica... y nada de eso olerá jamás a tintero de copista o iluminador de miniaturas. Pero todo esto se me esfumó al olvidarme de la nariz y calar ahí sólo el ojo llevándome a otros mundos su lectura.