Dos torres y una cumbre
El pueblo de Corporales, perteneciente al municipio de Truchas en la Cabrera Alta, distribuye su caserío en dos barrios, ambos en la ribera derecha del pequeño río Eria, cuando este apenas ha comenzado a trazar los primeros compases en la andadura de su corriente, surgida en el flanco sur de la sierra y pico del Teleno. Separados por la franja de un vallecito, uno es bastante mayor que el otro, pero este a cambio tiene su nombre propio, que es Pedrosa.
El pueblo exhibe huellas históricas de tiempos romanos e incluso anteriores. En cuanto a estas, se localizan en una colina cercana al barrio de Pedrosa, donde estaba la «corona», nombre del castro prerromano. Terminaba el siglo I de nuestra era cuando los romanos desalojaron por la fuerza a los pobladores y después, tras incendiarlo, arrasaron el poblado, como solían en sus guerras de conquista. A finales de los años 70 del pasado siglo el arqueólogo Sánchez Palencia excavó la corona en busca de las viejas huellas. Así es como bajo el suelo de una de las viviendas encontró un pequeño hueco rectangular delimitado y cubierto por losas de pizarra. Dentro había huesos de cabra o corzo. El arqueólogo lo denominó «escondrijo votivo», porque los huesos eran los restos del animal ofrendado a su dios para pedir su protección. Podemos suponer que el nombre de ese Dios era el de la elevación que impone su presencia cercana a la vista, ese Teleno que los romanos asimilaron a su Marte, la divinidad de la guerra, pero también protectora de los campos. Resultaría en fin muy sugestivo imaginar que los violentamente desalojados de la corona buscaron refugio a la orilla del río, para levantar su nueva aldea, en el mismo lugar en que hoy está el barrio Pedrosa. El otro barrio, que en gracia a su mayor tamaño monopoliza en la práctica el nombre de Corporales, se tiende a los pies del alcor donde estuvo emplazado el castro romano y acoge el gran templo parroquial dedicado a San Juan Bautista. Es sabido que la calle o zona del campamento donde llegaban los víveres y frutos de la intendencia cotidiana se llamaba Quintana. No por casualidad ese es ahora el nombre del barrio y a mayor abundamiento un rincón del mismo se conoce precisamente como el Mercado. La iglesia es grande y está dotada de una poderosa torre en espadaña con sus dos huecos para sendas campanas, cuyo vértice se clava en el azul para conducir nuestra mirada en la dirección del Teleno a lo lejos. La iglesia relevó en su día un templo anterior románico. Una última huella del mismo pervive en el muro izquierdo, y es una puerta en arco ajedrezado, ahora cegada. Pero hay otra iglesia. Entre Quintana y Pedrosa, pero más cerca de este, se alza la ermita de la Virgen de las Rivas. La torre en espadaña dibuja ante nosotros su figura clara, esbelta, estilizada, apuntando, en la misma línea que la de la iglesia parroquial, al Teleno majestuoso allá a lo lejos en la altura. Hay una puerta en el centro y encima un óculo. Un ventanal geminado, abierto en el cuerpo medio y rematado en arco, acoge sendas campanas. Tiene adosada a su derecha otra más baja y cuadrada con remate a cuatro aguas, por cuyo interior trepa una escalera de caracol que da acceso a la plataforma del campanario. Las piedras con que está levantada son en su mayoría de tipo volcánico, procedentes de una cantera en la montaña. Calicanto, las llaman en el pueblo. Su color siena tostado, no menos único que ellas, es otra de las sorpresas que la visión de la ermita nos depara. Destacan pues en los muros, donde predominan junto a otras de granito grisáceo, pero monopolizan las esquinas, jambas, dinteles, arcos, remates y otros adornos, así como ellas solas, dispuestas en cuatro columnas de una sola y bien labrada pieza, sostienen el pórtico ante la entrada principal en el costado del mediodía. Una inscripción sobre el dintel levemente arqueado de la puerta en la torre y bajo el óculo da cuenta de su erección en 1832. Ciento sesenta y cuatro años después, la ermita acogió un acontecimiento tan singular y extraordinario como ella misma: un concierto del coro Juan del Encina, conjunto de cámara del Coro Universitario de León, dirigido por su fundador, el maestro Samuel Rubio. Lo que ocurrió la tarde del 5 de julio de 1996 fue como si de pronto el rayo de la música, convocado por la batuta del maestro leonés, hubiera caído sobre la ermita, entrando por la punta de la espadaña en el aire grávido de misterio del recinto religioso para colmarlo del no menos misterioso encanto procurado por el arte. La voz antigua de los viejos campos resonó en la ardiente polifonía al modo de una fuga sonando en contrapunto la ondulación de la yerba, la lentitud de las hojas, la intimidad de las espigas, la escritura cursiva de la lluvia racheada. Y la ermita solitaria, también ella surgida jugosamente de esos mismos campos auspiciados por el gran Teleno, fue un frasco de perfume que, al romperse, difundió una fragancia olorosa a campos roturados (ralvados, en Cabrera), sementeras, rebaños ondulantes, frondas estremecidas, albas de altas alondras, atardeceres de mirlos melancólicos. Después, hecho el silencio sobre los extáticos auditores, la corriente mágica de aquel rayo memorable se desvaneció, saliendo por la misma espadaña de su entrada, rumbo al azul donde reina prócera la cumbre del Teleno.