Diario de León

cuerpo a tierra

Antonio Manilla

Antonio Manilla

El nuevo moranista

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Diez, durante esta legislatura intensamente marcada por la plantación de leones, ha hecho una vigorosa política de semilleros, semilleros de votos en huertos urbanos y lucecitas navideñas, en cenas de cofrades, en leonesismo de perfil. Hay quien sostiene que a la chita callando le ha quitado a la UPL la bandera de la 18, que sería como decir que le ha birlado a la ONU el impulso de la agenda 2030 con su desmesurada siembra de zonas peatonales y desamortización de calzadas: algo ligeramente exagerado. Pero cierta mella ha hecho cuando algunos partidarios de la secesión autonómica jalean su nombre como adalid del leonesismo mediático y comienzan a dejarlo estar entre las bambalinas de sus actos públicos. Sus encontronazos con ministros como Ábalos y Puente, de su mismo partido, sus acercamientos al popular Mañueco para resolver asuntos encallados desde hacía décadas, incluso le invisten de cierta aura de esforzado gestor desideologizado, únicamente a favor de sus conciudadanos, pese a que la verdadera gestión municipal hace aguas en casi todos los asuntos prácticos que realmente dependen de su cargo. En cambio, la comunicación, el relato interno de uso local, lo tiene controlado. La única sombra la encuentra dentro de su propia formación: la dirección provincial socialista desconfía de ese discurso personalista, tan próximo al populismo regionalista de un Revilla del que no en vano es tan cercano como para invitarlo al encendido navideño.

La deriva hacia el moranismo como modelo de alcalde parece un hecho plenamente asumido por José Antonio Diez. Tal vez no tanto para imitarlo, como para inspirar varias de sus actitudes. Ese andar en la cuerda floja entre la adhesión y el rechazo popular, la defensa de los principios propios contra viento y marea, el instalarse en las afueras del pensamiento de su partido serían algunas de ellas. Copias directas también las hay: la reivindicación de una autonomía uniprovincial y la presunta lealtad a un ciudadano abstracto, más que nada coincidente con sus ideas, que se eleva a la categoría de «leonés absoluto» cuyos intereses pasan a ser, por mor del relato, los de todos, en una basta generalización que emplea el truco de ilusionista de poner en una mano un tema de gran interés mientras con la otra nos cuela una ristra de pañuelos de mil colores. El futuro dirá si este remedo funciona o acaba en una triste parodia.

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