CANTO RODADO
Abril de claveles y comuneros
Son necesarias revueltas contra la condena a León a ser eterna zona de sacrificio y contra el fascismo que cabalga como «prioridad nacional»
Nos cubrimos las heridas con pedazos de historia. Como quienes cuelgan banderas para sentirse patriotas. Pasó otro 23 de abril y seguimos sin entender nada. Ni la fiesta. Ni Castilla y León. Ni Villalar. Lo peor es que no se quiere entender ni dejar entender lo que fue el 23 de abril de 1521. La primera revolución moderna. Un levantamiento contra el autoritarismo monárquico. León no fue ajena a la revuelta.
Dos familias poderosas: los Guzmanes, con los comuneros, y los Quiñones, con el rey, se enfrentaron. La sonada era contra los tributos que sangraban al entonces territorio más poblado de la península. Los comuneros leoneses no llegaron a pasar el puente del castro de los judíos, aunque un canónigo de la Catedral de León fue el que arengó a los vallisoletanos. Ironías de la vida, como que el himno de Villalar lo compusiera, en 1972, un berciano, el añorado Luis López Álvarez.
Pero todo eso es historia. Historia que escuece a quienes crearon una Castilla y León gigantesca con la ilusa idea de hacer frente al nacionalismo vasco y catalán. Y no sólo eso, sino que dieron el privilegio a varias provincias de convertirse en comunidades uniprovinciales: Cantabria, Asturias, La Rioja... son las que nos tocan de cerca.
Por Castilla y León no han apostado ni quienes firmaron el invento. Han apostado por otra cosa. Un modelo de centralización atroz basado en la posición geográfica de Valladolid en el mapa autonómico, como si se pudiera aislar de España y la Península, ignorando otros centros como el del noroeste que es León. La misma derecha que inventó el leonesismo como dique de contención, después de desterrar a la juventud leonesista de los primeros tiempos de la Transición, porque cojeaba de la izquierda, como los que apaleaban en Villalar.
No hemos aprendido nada. Los comuneros, las comuneras, son más necesarios que nunca. No va desencaminado el leonesismo que convocó a la sociedad leonesa el 23 de abril, en Botines, para denunciar que León vuelve a ser tierra de sacrificio. Del carbón a las macrogranjas, las plantas de biogás, los macroparques eólicos y solares, presas en los ríos y otras lindezas de la injusta transición.
Llevar esas quejas a Villalar y juntarlas con todas las que arrastra la periferia de la CyL es pecado capital, aunque mejor sería que seguir lamiéndose las heridas mientras en el Palacio de los Guzmanes bailan los libros y retumban las panderetas. Palacio que se levantó sobre las ruinas del original de los Guzmanes, asediado e incendiado durante la revuelta comunera.
Y hubo una mujer brava, leonesa, María de Quiñones, heroína del castillo de los Guzmanes, a orillas del Esla, en Toral, durante un largo lustro, hasta que Ramiro y sus hijos fueron indultados y regresaron del exilio en Portugal. Ah, Portugal, primer bocado al reino de León. Abril vil de principio a fin, y en el medio, por no mentir. Abril de lluvias mil y de pan y queso en Villamañán. Mes de comuneros y claveles rojos contra los fascismos de ayer y hoy, a lomos de la «prioridad nacional». Abril, banderas mil.