EL MIRADOR
Inopia
La cima mundial de la arquitectura se alcanzó en 1954, con la construcción del palacio de la Moncloa. Desde entonces todo ha sido decadencia y ladrillo caravista. Leo en la Wikipedia que su primer ocupante fue el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, el Chivo, que pasó unos bonitos días en Madrid de reverencia en reverencia. Comprobaría Trujillo de primera mano la calidad de los materiales y el inaudito espesor de las paredes; podría uno torturar tranquilamente en el dormitorio a un opositor sin que se oyera un ruido en la habitación de invitados. ¡Qué muros! ¡Qué puertas! Lo digo con envidia: yo todas las noches oigo toser dramáticamente a la vecina del segundo y no sé si llamar a la policía o a la ambulancia.
El aislamiento del palacio de la Moncloa es tan redondo e inapelable que funciona como una jaula de Faraday gigantesca: no es que allí no funcionen los móviles, sino que incluso los cerebros pierden ciertas conexiones neuronales, lo que permite a los sucesivos presidentes del gobierno pasearse por los jardines muy a gusto, como escolares de excursión primaveral. Recordemos, por resumirlo en cuatro líneas, que González jamás supo nada de los GAL, Aznar siempre pensó que en Irak había armas de destrucción masiva, Zapatero ni se enteró de la mayor crisis económica del siglo, Rajoy vivió por completo ajeno a los manejos de la Operación Kitchen y a Sánchez le han salido puteros y manguis casi todos sus hombres de confianza sin que él atara cabos. Residir en la Moncloa es lo más parecido a vivir en la inopia, circunstancia que, dada la intachable trayectoria de nuestros gobernantes, solo podemos atribuir a su arquitecto, Diego Méndez.