EL MIRADOR
Vacunados
A modo de chiste van contando que las alarmas se encendieron en el momento en que Fernando Simón anunció que no hay riesgo de epidemia de hantavirus. Quien pronosticara que en España solo habría dos o tres casos de covid se convirtió para muchos en el quinto jinete del Apocalipsis por su falta de credibilidad. Más allá de memes y bromas, lo de Fernando Simón supone el reflejo de una desconfianza creciente no en la ciencia —asunto que queda para los tierraplanistas— sino en el uso que la clase política hace de todo aquello que cae en su mano. La falta de transparencia, la manipulación de hechos a cara descubierta.
Una prueba muy evidente la hemos tenido en los días pasados ante el cruce de mensajes que han lanzado a la opinión pública el presidente del gobierno de Canarias por un lado y la ministra de Sanidad y el ministro de Política Territorial por otro. Mientras el presidente de Canarias declaraba desconocer qué estaba ocurriendo con el barco de los afectados por hantavirus ni qué protocolo se estaba preparando, los ministros del Gobierno central se ufanaban de estar en permanente comunicación con el presidente canario. Resultaba evidente que una de las dos partes estaba mintiendo. Y que lo hacía con el mayor de los descaros. No se trata de saber cuál de las dos fuentes era la falsa sino de denunciar la farsa a la que muchos políticos se prestan y a la que están acostumbrando a la ciudadanía.
Una ciudadanía especialmente sensible en este caso por guardar todavía de forma viva en la memoria la tragedia y las contradicciones políticas que produjo el coronavirus. Y los abusos, como ese que paralelamente a los mentises de estos días se estaba juzgando en el Tribunal Supremo, de quienes pudieron aprovecharse de un drama nacional para hacer negocios. ¿Vacunas? Sí, todas. Por desgracia una de las vacunas más extendidas es la de la credibilidad en la clase política. Contra la credibilidad nos están vacunando casi a diario. Medio país desfila arremangado como en aquellas vacunaciones colectivas del ejército ante la jeringuilla de la credibilidad. Con esos anticuerpos en el organismo social el discurso político tiene el mismo efecto que cuando oímos llover. Solo nos despierta de la modorra el estampido de un trueno. Y a eso están abonados los extremos. Fundamentalmente Vox. A romper el juego, a remover las conciencias de los descreídos. Una conciencia más hastiada que adormecida. Y ante ese estado de cosas poco importa que de entre los partidos tradicionales salgan de tanto en tanto voces anunciando el desapego ciudadano. De inmediato un correligionario sale a la palestra para volver a la manipulación y al retorcimiento de la verdad alegando que en el partido de enfrente lo hicieron antes y con más desfachatez.