La sonrisa Netol
Nunca tuve contencioso o distancia que agriara mi relación con Zapatero presidida siempre por una actitud cordial, aunque tan política en él, su norma. Ha sido una relación larga que, lejos de ser cercana, tampoco fue alejada o rota en ningún momento pese a las puyas y algún severo rejón de castigo que consideré oportuno tributarle en «mi escribiendo» desde sus inicios y a lo largo de los últimos cuarenta años. Me sorprendió no poco en sus principios que se alzara con el control provincial de su partido tan poblado de viejas glorias, trayectorias y crédito. ¿Qué tenía aquel guapete de ojos azules, aún chaval, diríamos, que lo mismo que lucía gesto adusto y afectado como siendo víctima personal de la Guerra y de la represión franquista, exhibía después semblante ilusionado de lucha triunfal por un futuro adeudado y prometido con una retórica muy felipista? Felipe era el modelo y su ídolo. Por las noches bajaba al garaje de su casa, se metía en el coche de su padre, un Seat 1500, y repasaba en un casette los discursos de González, paraba la cinta y repetía párrafos copiando sus giros y gramática mitinera. Fue su escuela y un maestro que en estos finales repudiaba al alumno tan aplicado y desviado. En línea con él y contra el guerrismo. Pero no fue eso sólo lo que alfombró las ascensiones sucesivas de Zapatero. Había algo más que considero, si no decisivo, sí una muleta de apoyo o lidia para rubricar su persuasión y, diría, seducción mantenida tantos años hasta este hoy en que se le caen los palos del sombrajo que por palio del gurú han tenido tantos, ahora incrédulos, decepcionados y temiendo lo peor (que es ver imputadas también a Sonsoles y a sus hijas). Y ese algo era -quizá no le vuelva- la expresión risueña que bauticé entonces como «sonrisa Netol», aquella del tipo estampado en los botes de este producto limpiador (véase en Google), sonrisa desproporcionada y prieta inflando los mofletes como hamster que se atraca, ¡esa sonrisa!, aunque lejos de ser sonrisa franca, la exagera... y siempre con los labios prietos, recordándome así lo que me dijo el obispo Villaplana al irse de León: «Los leoneses mordéis con la boca cerrada».