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Lo que cuenta no es ser famoso, sino los motivos. Todos sabemos quién fue Hitler, incluso quienes jamás han leído un libro de Historia. Supongo que él rubricaría la máxima «que hablen de ti, aunque sea mal». No. Para cierta clase de fama, mejor no estar en el ranking, ni siquiera en los últimos puestos. Leo estupefacto que una madre y su hija, tristemente famosas por haber cometido un asesinato, tienen representante; es decir, encargado de negociar desde la cárcel los posibles libros, documentales en plataformas, entrevistas y demás faranduleo del suceso. Pero no hay estrellas del crimen. Abominar de la comida carcelaria no es lo mismo que arrepentirse del daño causado. El ego desmesurado distorsiona la realidad. Los malos y las malas solo son interesantes en Misión Imposible, precisamente porque terminan mal. Es una idea que ya he expresado aquí en numerosas ocasiones, pues cada columnista tenemos nuestros propios mantras: el interior de un niño es más grande que el de un malvado; el amor de una pareja que celebra feliz sus bodas de plata contiene más enigma que un cruento culebrón por el poder empresarial o político. La venganza es solo rabia; el perdón, luminoso arcano.

Otro caso tristemente famoso: un rico heredero está acusado de empujar a su padre por un precipicio de 100 metros. Si realmente lo hizo, sería monstruoso… pero sin enigma humano en sus motivaciones: más dinero y mucho resentimiento. Obscenamente vulgar. Tan viejo como el mundo. La maldad son cuatro fijaciones. Si no fuera por el dolor causado, hasta resultaría aburrido.

En la serie Fargo —5 temporadas— un rotulito al principio advierte que está basada en sucesos reales, y que por deseo de los supervivientes se han cambiado los nombres, pero que por respeto a las víctimas se ha contado tal como acaeció. O sea, todo inventado. En la quinta temporada hasta sale un fantasma… ¿Los crímenes reales no da para tanto? Resultan previsibles: avaricia, ego distorsionador, complejos… casi la misma historia ya desde Caín. La ficción tiene más suspense. Pero si quieres un misterio real e irresoluble, mira en tu propia casa…en su maravillosa normalidad. Y sin tener representante. A veces, nada que contar lo dice todo.