LEÓN EN VERSO
Oa, oa, el Buitre a La Moncloa
La primera vez que trasnochamos por España quedó inmortalizada por los Nikis, banda señera para los que rezábamos el padre nuestro y el rosario sin necesidad de tocarle los cojones al prójimo; en los 80, la libertad no era moneda de cambio, salvo en las garras de la heroína. Dos años después de la madrugada en la que aprendimos que Díaz Miguel sabía mejor que Reagan y Juan Pablo II cómo asaltar el telón de acero, nos emborrachamos en Querétaro, con una cogorza celestial y ese punto de dopaje que lleva a creer que tras un subidón viene otro, y la sensación de gloria no ve la raya del amanecer. Cosas de pobres ante Philips de 14 pulgadas en blanco y negro. Aquella noche fantástica, hasta estuvimos a punto de hacernos del Madrid por el vuelo del Buitre y liquidar la amargura del 82, no la de Felipe y la pana. Aquella España molaba casi tanto por las últimas sesiones matinales del Toisón como por la ropa de Le Coq Sportif que nos puso a la altura de Italia a la hora de saber calzarse a un rival, y una camiseta con un ademán mínimo de estilo diferente a colocar la chaqueta al hombro cuando se volvía de segar; qué menos para un país que aparcó el Simca 1200 y se subió al Fura, en plan Thelma y Louise, pero con cinco puertas para saltar a tiempo. La marca del gallo aguantó lavados hasta que los pololos de la selección aliviaron la memoria en un azulete Oviedo, casi celeste, tipo Celta. Se rompió antes el cántaro, porque la lechera se dio una hostia de campana cuando Eloy, ay, Sporting de mi vida, le facilitó el trámite a Jean Marie Pfaff. Habrá quien a punto de entrar en el purgatorio de los sesenta capaz de recitar de carrerilla la alineación de los belgas, síntoma ya de que lo de Europa no iba a acabar bien. El complejo de los cuartos de final, y tal. Pero aquella noche de México hubo una parte de esta España que a veces nos devuelve desprecio por tributos, marginación por devoción, que puso el reloj en hora con la esperanza de llegar a tiempo; y, cada cuatro años, con sol y días largos, dedica un momento a encomendarse a la fe y daría el corazón por un sorbo de la euforia que desató Querétaro. Oa, oa, el Buitre a La Moncloa.