Creado:

Actualizado:

Aunque «aquí no hay ni Dios», como temía Luis Ciges en el prólogo de Amanece que no es poco, la rotación de los astros y el algoritmo de Google nos han colocado por una vez en el sitio adecuado y el momento preciso. León, siempre a desmano de los interés públicos, los apamplaos políticos, los sansirolés del Gobierno y los cagalindes de la Junta, hallará por fin su sitio en la tierra con el eclipse del próximo 12 de agosto. Nos ha «elegido el cielo», como reza la publicidad cursi que, con la manía de San Juan de desportillar el postigo para que se cuele el verano hasta los pies de la virgen de los Remedios, amenaza con saturar los pueblos de pisapraos disfrazados de homo decathlonensis a la caza de un selfie, un instante hortera del instagram y una historia que colgar de la insignificancia de su muro digital, hinchados con los filtros de la aplicaciones del móvil como las vacas cuando entelan. Pobres de los guardias civiles del Greim. El reclamo publicitario, en el que se vende una probabilidad de éxito superior al 85% y casi dos minutos de oscuridad casi completa, mientras la luna extiende la cernada de la lumbre por encima del sol, invita a conocer los territorios leoneses donde no censan habitantes suficientes para un mus después de Todos los Santos, pero a partir de los próximos días se avecinan fatos de sobra para reclamar los mismos servicios que vende Ayuso en la Gran Vía, aunque aquí no pasen de abonar con retraso las tasa del agua o la factura de las casas rurales. El negocio ha alimentado a los tiburones de siempre, atentos para encarecer una noche de hotel al precio de un resort de Maldivas, clavar en la cuenta la ración de croquetas al nivel de un cubierto de una estrella Michelin y ofrecer una terraza con vistas al Bernesga a 10.000 euros la tarde. La avaricia desmonta la oportunidad de aprovechar el gancho para promocionar la provincia como destino al que volver, a lo largo de todo el año, y lanzar el señuelo para la atracción de inversiones estratégicas de empresas que ofrezcan a sus plantillas calidad de vida ligada al empleo. Lástima. Nos va a pasar como a los personajes de José Luis Cuerda, cuando en la escena final, sentados todos hacia el este, les sorprendió la sombra con el amanecer al contrario. Vamos a tener que sacar la pistola, como el cabo de la mítica película, pero al revés, convertidos en atardecistas, para dispararle al sol del eclipse porque no aguantamos «este sindiós, no señor». Me cago en el misterio».