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Ahora que te vienen parientes y arrimados o gentes de lejos a los que has de alojar o atender, asombra a propios y asusta a extraños contándoles de qué raza vienen las pobladoras oriundas de estas tierras. Diles que se tomen sus precauciones o distancias, haz que vean que vienen de la raza de los astures a la que hacía fotos hace dos mil años el griego Estrabón pesquisando estos andurriales al servicio de Roma. Cuéntales cómo eran las mujeres que vio aquí y cómo se adelantaron a la historia al ser la hija mayor y no el varón quien recibía la herencia familiar porque era la mujer quien mejor garantizaba el mantenerla frente a unos hombres dedicados a sus ausencias, broncas o afanes lejanos, veletas o perdularios que fundían el capital por la boca grande, que bebían cerveza y alguna vez vino cuando lo traían de las tierras del sur liquidándolo en la primera noche. Diles que era la mujer la que gobernaba la casa y los campos con lo que sin duda fue un estilo matriarcal por el que, sin embargo, pagaban sin mayor disgusto su peaje, como lo era el tener ellas que cultivar las tierras tirando de arado y bestia, y si les venía el parto en esta faena, se orillaban, parían, arrebujaban en trapos a la criatura, la dejaban a salvo en un alto matorral y volvían al arado para concluir la labor (cultivar grano lo pedía el ganado y la cerveza). Y diles que si parían en casa, debían abandonar el lecho tras dar a luz para meterse ahí el marido con la criatura simulando los dolores del parto y recibiendo él los parabienes y gracias que se debían a la parturienta (costumbre llamada «covada» que pervivió entre maragatos). Diles que también era tradición que enterraran la placenta bajo algún frutal teniendo que regarla nueve días seguidos en los que no se les podía dar agua a la recién parida (lógico; mejor sustituirla por caldos o sopas que le aportaran la sustancia o proteína que el agua no tiene). Diles, en fin, que en su privilegio llevaban su penitencia (pero aceptada de buen grado), y que Julio Caro Baroja aún registró secuelas vivas de este poder femenino y matriarcado en pueblos y gentes que vio en sus trabajos de campo por Valderías, Valduernas y Bañezas.