LA VELETA
Sin atropellar a nadie
La muerte tiene estas feas ocurrencias. A veces se lleva a la gente cuando todavía tiene mucho que darnos, incluso en su mejor momento. Le ocurrió al novelista Domingo Villar, gallego de Vigo, que ejerció de tal en la vida y la literatura, y que al tiempo que lo hacía nos regaló a un personaje, el inspector Leo Caldas, y tres libros, Ojos de agua, La playa de los ahogados y El último barco, que por sí solos y sin necesidad de más lo hacen acreedor a un lugar de honor en la historia de nuestra ficción criminal.
Escribía en su lengua materna, el gallego, se traducía a sí mismo al español y otros lo llevaron a varias lenguas en las que obtuvo crédito merecido y aspiró a prestigiosos premios.
Recientemente, en un acto de justicia, la Semana Negra de Gijón, en feliz connivencia con la Universidad de Salamanca, le ha dado su nombre el galardón que ha instituido para reconocer una trayectoria dedicada al género policial. Que quienes forman el jurado resolvieran otorgárselo a quien esto escribe invitaba de manera casi inexorable al reencuentro con sus libros. El elegido para la ocasión fue La playa de los ahogados, y la sensación, que los años transcurridos desde su aparición y la primera lectura, en 2009, le han aportado el poso que distingue al vino excelente —Domingo habría apreciado la metáfora— del caldo vulgar.
En tiempos en los que el género negro, arrastrado por los tics y las urgencias algorítmicas de sus derivados audiovisuales, rebosa vísceras al aire, tipos desquiciados, balaceras y colisiones de automóviles, conforta hasta el estremecimiento que Villar empiece su novela en la atmósfera detenida de una habitación de hospital, en la que un hombre ve apagarse a su hermano y a la que llega el hijo y sobrino, que no es otro que Leo Caldas, para cerrar el triángulo de fraternidad humana ante ese dolor.
A partir de ahí, la historia, a la que se incorpora el cadáver de un hombre ahogado cuya muerte debe esclarecer el inspector, fluye con elegancia y sin estridencia por un paisaje, el de la ría de Vigo, que da sentido y empaque a lo que se cuenta, de tal modo que el lector siente que la historia no podría suceder en ningún otro lugar. El mar, sus gentes y la dureza de sus vidas, consustanciales al alma gallega, marcan por entero el relato.
La mirada compasiva, herida y melancólica de Caldas se hace verbo en la orden que le da a su subordinado, Estévez: «Mientras estés a mis órdenes te prohíbo atropellar a nadie». Así progresan la investigación y la narración, sin atropello, y acaban con el hallazgo del culpable, sí, pero también con la aceptación del misterio que a todos nos traspasa. Al final del libro, ante la alegría con que recibe a su padre un perro cuya propiedad niega, Caldas sentencia: «Yo creo que él no sabe que no es tuyo».
Y en esa ironía está todo.