LEÓN EN VERSO
Agosto con Jaecco y Omoda
No queda espacio en las cunetas para que corra el aire en agosto en los pueblos leoneses, ciudad de vacaciones. Hay que prohibir agosto. Que no exista. Fuera del mapa, porque del calendario no lo van a quitar los mismos políticos que se tiran a la bartola por delante y detrás de este mes que para el noventa por ciento del territorio leonés es un suplicio, un vía crucis con calor, la pasión y muerte en el huerto de los olivos, en el caso de que el huerto de los olivos no se lo haya llevado por delante cualquier pirómano indeseable que se lame como un buey suelto. Una invasión de urbanitas que exige derechos mientras busca un soplo de conexión móvil. Para el caso de la cobertura, mejor diríjanse al Palacio de los Moranes, donde envejece mal la sentencia que proclamó para León la misma conectividad de Nueva York. Pues a ver dónde, maldice el veraneante, que le contaron no sé qué de la amabilidad de los leoneses, de la cordialidad de los leoneses, entre los que podía encontrarse hasta su abuelo, corteses leoneses, una tribu que repelió casi todas las invasiones menos la última que le echó encima el régimen del 78. Y con esas, que hay que hacer cola, en una tierra donde no hace falta desde hace décadas ordenarse en fila ni para comulgar, según se apreció a ojo de águila con el fenómeno ese que inspira cada verano el reportaje social que merece un cacho del premio descosío sobre el aluvión de población flotante que se echa encima de las costumbres lugareñas, incluida la de arremolinarse a la puerta de la furgoneta del panadero. Agosto. Qué suplicio, así, según se ve de refilón en la octava hoja del calendario del Promotor y aún está la cosa por las Nieves. Bienaventurados los alcaldes que cierran los ayuntamientos para no aguantar abogados de secano con la carpeta de querellas por iniciar. Esto, en Sancti Petri se soporta. Lo jodido es en una carretera que sobrevive al diseño para un carro y ahora no libran el Jaecco y el Omoda sin darse un morreo o rozar los retrovisores. En León tampoco se votó, como la entrega de sangre a los decretos europeos que anulan el sentido de los decreta. Que el eclipse nos pille confesados.