Diario de León

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Ceuta no se merece tanto sufrimiento y tanta impotencia. Hay en este momento cien muertos delante del mundo, cien ahogados. ¿Quién los ha matado? ¿El mar? Hoy han encontrado ahogado un bebé de meses. Repito: ¿quién ha matado a esta gente? Ceuta es hoy una herida abierta en la carne viva de España, un lugar donde la luz del Mediterráneo choca contra la dureza implacable de la geopolítica. Escribir sobre esta ciudad en estos días de angustia, marcados por la fortísima presión migratoria impulsada desde el otro lado de la valla, es escribir sobre el miedo y la orfandad.

Lo que se ha vivido estos días en la frontera ha sido percibido como una invasión silenciosa, una vulneración flagrante de nuestra soberanía nacional. Es el dolor de ver españoles y españolas desprotegidos, expuestos a los pulsos políticos de un vecino que utiliza la desesperación humana como arma de presión.

Hay una dignidad inmensa y legítima en la rabia del ciudadano que exige respeto para sus fronteras, que pide orden y que siente que la integridad de su país está siendo entregada a la improvisación. Quienes defienden la seguridad del Estado no lo hacen desde el odio, sino desde el amor a una comunidad que necesita reglas para no desmoronarse. Sin embargo, al mirar de cerca los rostros de quienes cruzan, la mirada se quiebra. Es imposible no ver en esos miles de jóvenes la vulnerabilidad de la condición humana, la orfandad universal que tanto nos asusta. Para quienes priorizan la mirada humanitaria, Ceuta es el escenario de una tragedia moral.

La sensibilidad progresista y solidaria no busca la desprotección de España, sino que se estremece ante el sufrimiento y recuerda que ninguna frontera puede anular la compasión. Es el dilema eterno entre la ley de la tierra y la ley del corazón. En medio de este torbellino, la figura del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, emerge como el pararrayos de una indignación colectiva.

Hay un sentimiento generalizado de que el palacio de La Moncloa queda demasiado lejos de los espigones de Ceuta. Para muchos, la respuesta del Ejecutivo ha sido blanda, tardía y errática; una política de parches y retórica que no logra imponer el respeto que una nación soberana merece ante Marruecos, ni dar la seguridad que los ceutíes reclaman a gritos en sus calles. Se extraña la firmeza del Estado. Pero la verdadera España, la que resiste, no está en los despachos de Madrid ni en los discursos de Rabat. Está en los vecinos de Ceuta, en los policías y militares que sostienen la línea con una templanza sobrehumana, y en las familias de todas las culturas —cristianos y musulmanes ceutíes— que contemplan el Estrecho con el temor de perder la paz que tanto les costó construir.

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