CORNADA DE LOBO
Tumba negada
En las afueras del cementerio de un pueblo cuyo nombre no quiero afear (podría apellidarse «del Sil» y no, pero casi) hay una tumba solitaria cercada de una verja baja y forroñosa que da cuenta del mucho tiempo que ha debido pasar desde que un cuerpo de mujer inició allí su sueño eterno. ¿Pero qué hace una tumba, sólo esa tumba, fuera del recinto del camposanto? No es caso que suela verse, aunque antaño no fue extraño. Negar tumba en suelo sagrado se decretó hacerlo con los despojos del infiel, del judío, del mahometano, del hereje... y del suicida, a quien muy agriamente condenaba la Iglesia.
Lo que no cuadra es que, enterrada esa mujer fuera del cementerio y suponiéndola seguramente suicida, tuviera al fin unas galas de forja que muchas tumbas del interior ni soñaron... y con una cruz de fierro lindo que un párroco cerril le negó, pero no el Cielo que no envió el rayo fulminante que el cura pidió al Altísimo para fundirla. Y ahí está desafiando al tiempo y a los anatemas, diría que insultando a quien insultó. Sin más datos, sólo la imaginación abre senda suponiendo a una mujer ya añosa que un buen día (¿por qué malo?) decidió despacharse y encaminarse por su pie a los divinos candelorios presentándose ante Dios juez con algún enfado, reproches y un pliego de descargos que sin duda le libró de nuevas penas (ese juez alardea de misericordia infinita). Lo suyo fue un andar muriendo desde que a su hombre lo llevaron unas fiebres tercianas y su único hijo emigró a América sin volver a tener noticias suyas, avergonzado por no hallar otro futuro que el de peón mal pagado, aunque un golpe de fortuna le trajo al fin algo de plata y un día volvió. Así supo lo de su madre, que en el pozo del vecino buscó su escalera al Cielo que el cura y el pueblo le negaron arrojándola del cementerio con oprobio y vilipendio. Encargó esa verja de forja y una lápida sencilla con una cruz elegante, al pie su nombre y una devoción filial que se convertía en pedir perdón tarde y en vano. «Mejor así, madre, que dormir ahí dentro con esa gentuza y esas tapias que te impiden ver tu casa y tus montes». Y se fue maldiciendo el lugar.