CORNADA DE LOBO
¿Almarcha?
Fue extendida convicción en esta capital de los cazurros que la Fasa-Renault que impulsó económicamente a Valladolid estudió como primera opción instalarse en León, pero que desistió al encontrarse con la férrea oposición del obispo Almarcha alegando que el mucho obrerío que traería tan poblada factoría pondría en grave riesgo la paz social y removería los equilibrios económicos que reinaban en esta ciudad tan tendera, tan papona y tan empleada. Quienes propalaron este bulo tan creíble fueron, sin embargo, la autoridad municipal y la Cámara de Comercio que representaban a la cautelosa burguesía leonesa a la que sí atemorizaba ver instalada en la ciuidad una pujante masa obrera. Y encalomando al obispo el baldón, ¡alza el rabo, León!
Almarcha, es cierto, tenía su poder más como político que por prelado; era franquista contumaz e influyente; fue consiliario nacional de Sindicatos y procurador vitalicio en Cortes (recibía a menudo al jefe de la Brigada Político-social para darle cuenta de su clero diocesano con tufillo izquierdoso); le subyugaron los viejos títulos del solio leonés y los fijó al cargo antes de obligarse a renunciar a ellos (Nos, don Luis Almarcha Hernández, por la gracia de Dios obispo de León, conde de Colle y Señor de la Arrimadas y Vegamián) y desarrolló un intenso plan protector del patrimonio (Renueva, el hospital de Regla inicialmente obispado...) y del mobiliario artístico de la diócesis, creando el Museo Diocesano que salvó de rapiña tanto arte de parroquia rural. Pero nada que ver con provocar la huída de la Fasa que tan simplonamente se coló en el mito popular. Pero sí que hubo una desconocida oposición de Almarcha que dañó al futuro de León. En una charla animada y locuaz con un cura bilbaíno de alto nivel en el Opus Dei pude saber que fue León la primera ciudad elegida por monseñor Escrivá de Balaguer para instalar la universidad de la Obra que finalmente se llevó Pamplona con su enorme repercusión clínica, académica y económica, y que aquí jugaron los celos y recelos de Almarcha de verse superado por otro prelado de mayor categoría. Era 1952.