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Un gobernante insensible
En otro país de tradición democrática más asentada que en España la desconcertante inacción de las autoridades nacionales en los momentos iniciales de la invasión sufrida por Ceuta —ochenta mil personas asaltando la frontera— habría provocado la caída del gobierno. Por hechos menores en el Reino Unido han cambiado varias veces de primer ministro. O fueron convocadas elecciones para que los ciudadanos juzgasen la idoneidad de mantener al frente de la gobernación del país a quienes están en entredicho. En España, no. Aquí, a raíz del episodio que nos ocupa, ni siquiera el ministro del Interior se ha sentido obligado a dimitir. A diferencia de la titular de Defensa (Margarita Robles) que tras reconocer que algo no se había hecho bien pidió disculpas a los ciudadanos de Ceuta, el ministro de Interior Fernando Grande-Marlaska, no. Disculpas por el colosal fallo que permitió la avalancha de miles de jóvenes procedentes de Marruecos de los que alrededor de diez mil todavía siguen vagando por la ciudad. Y sí hablamos de responsabilidad, a quién deberíamos haber escuchado asumiendo la responsabilidad es al presidente del Gobierno.
Pero nada de eso ha sucedido hasta la fecha. Tampoco lo ha hecho en una reciente entrevista en la radio. Veremos qué dice en el Congreso. Pero durante tres semanas en un gesto de displicencia impropia de un gobernante demócrata Sánchez mantuvo su calendario de vacaciones en Canarias. Insensible ante un problema qué, además de soluciones prácticas, reclamaba —y todavía reclama— un mínimo de sensibilidad hacia quienes sufren las consecuencias de una intempestiva y masiva invasión que altera el desarrollo de sus vidas. Ceuta se quedó sin fiesta local y sus habitantes sin poder ir a las playas pero Sánchez no renunció a sus buceos.
A muchos valencianos semejante distanciamiento les habrá traído la memoria de los primeros momentos de la dana, la riada que arrasó vidas y viviendas y también de aquella frase de triste recuerdo: «Sí necesitan ayuda, que la pidan». En aquella ocasión se trataba de aprovechar la torpeza de un adversario político. En esta parece que el objetivo era no incomodar a Marruecos decretando el estado de interés para la Seguridad Nacional e instalándose en la ciudad. Seguimos sin saber qué le debemos a Rabat.