EL RINCÓN
Un abuelo moderno
Empieza mi nieta el cole y yo descubriré la esencia del abuelo moderno. La niña tiene tres años y comienza Educación Infantil. Pero es un inicio desquiciante: el primer día, entra a las nueve y sale a las diez y media, después empieza a las once y acaba a la una. Y así todo el mes. En septiembre, la niña ha de adaptarse paulatinamente a su nueva condición y lo que está muy bien para su educación, es horrible para sus abuelos. Hemos confeccionado una plantilla de horarios que nos sugiere una larga lista de verbos destructivos: descuajaringar, desarticular, desbaratar. Una locura.
¿Cómo escribir artículos con la alarma del reloj sonando dos veces cada mañana a una hora distinta? Es imposible llevarla al cole, volver, serenarse, inspirarse y, cuando llevo cien caracteres, resuena la alarma. Hay abuelos que se quedan por los alrededores de la escuela tomando un café o jugando a la petanca, pero la mayoría aprovecha para hacer recados y en su lista de la compra están vetadas las golosinas, los bizcochos, los helados, los flanes, el chocolate.
Todo aquello que antes utilizaban los abuelos para provocar cara de felicidad y asombro en sus nietos está ahora prohibido. Porque el comedor escolar no funciona hasta octubre y este mes, la nieta come en casa. Excepto pastillas del colesterol, que aún no se las han recetado, el resto de su dieta es peor que la mía, puro austericidio. Cremas y purés, pollo y pavo, pescados tristes sin espinas, fuera rebozados, fuera salsas sabrosas y sí a las proteínas vegetales con nombres de guerreros chinos: tofu, seitán, tempeh. Para el poeta americano T. S. Eliot, abril era el mes más cruel; para un abuelo español, peor que septiembre, nada.