Cuerpo a tierra

Antonio Manilla

Credo de tonterías

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Ortega y Gasset diferenciaba entre creencias e ideas. Las ideas venían a llenar el hueco en quienes carecían o habían perdido sus creencias. Vivimos unos tiempos que son descreídos desde hace mucho. Inclinados, por lo tanto, al surgimiento de ideas sustitutivas, que pasan, en orden decreciente, por el ensalzamiento de costumbres ancestrales abandonadas o inexistentes —«es la última boina y es para mí», que cantaba Josele Santiago— a la religión de la tecnología última, que es una religión del gadget ascendido a reliquia, tan prehistórica como el santificar las cuevas del prehomínido que creaba el fuego a mamporros. El caso es que la ausencia de convicciones deja un hueco por cuyo resquicio puede colarse el disparate. El maestro Chesterton yo creo que se convirtió al catolicismo para tener algo sólido a lo que agarrarse en un siglo en que todo lo firme se estaba descomponiendo.

Los leoneses, en los últimos tiempos, hemos aumentado enormemente nuestro «credo de tonterías», que es el término con el que Lacan designaba a las ideas peregrinas, como de surtida caja de pastas, con que mojamos en el café con leche del imaginario colectivo. Creo en el Grial, creo en el Fuero (menos mal que Carlos Estepa puso las cosas en su justo sitio), creo en la Mesa por León. No nos cabe una añagaza más. ¿O sí? A lo que se ve, salvo la restaurada romería de La Melonera, las últimas son importadas, y a uno le parecen mucho más inoportunas que la quimérica fabula a base de implantes –lo de las ceibas cabreiresas, difícil de superar– que se escenifica en la Plaza del Grano. Más que nada porque un asunto es la autocomplacencia con las manifestaciones populares de los atavismos locales y otra inventarse ritos y mitos, o adoptar los que promueve Hollywood.

Sobre este hábito último de resucitar o ingeniar costumbres inexistentes para combatir las que nos llegan con la globalización —como el Halloween, el Black Friday o el cuatro de julio, que todo se andará—, ya ha predicado bastante Pedro Trapiello, advirtiendo que no es oro todo lo que reluce. Representa, creo, un asunto menos de purismo tradicionalista que de maridajes completamente absurdos. No todo vale. El rey Lear puede ser nuestro, pero menos que Rinconete y Cortadillo o la Pícara Justina.