Diario de León

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A veces, lees un titular y das un respingo de perplejidad. A mí me ha pasado con este, en El País, que recoge unas palabras del filósofo y teólogo Juan José Tamayo: «Jesús de Nazaret fue una persona vulnerable, frágil, para nada un héroe, más bien un fracasado». Perplejo, me dije: «¿Por qué un fracasado?» Y leí entera la entrevista de Jabois. Nada sabía de sus choques con el Vaticano. Creo acertada su percepción de la actual existencia de «cristoneofascismos», pero no puedo estarlo en la de catalogar a Jesús como «fracasado». Y no por un puritanismo de las etiquetas. En fin, a estos se les olvida pronto, incluso mucho antes de haber fallecido; pero a los triunfadores, también… ¡a cuántos poderosos se ha tragado la tierra! En cambio, aquí seguimos, creyentes, agnósticos y ateos discrepando o coincidiendo sobre Él. No he leído ningún ensayo de este reconocido intelectual, ya octogenario, y que proyecta un evidente vitalismo. Pero, volvamos al punto de partida, la mejor forma de resolver si lo fue o no es preguntárselo cada uno a sí mismo: «¿Jesús ha fracasado en mí?». Cierto que el mundo no se rige por el amor al prójimo, ni por el perdón… pero ¿ha fracasado Él, o somos nosotros quienes lo hemos hecho? Por supuesto, mi reticencia a considerarlo de tal no es porque considere desdeñoso serlo. ¿Quién no naufragado? ¿Quién no lleva dentro una batalla perdida? ¿Quién no está en deuda con lo que el dolor le ha enseñado?

El año que viene, el último de mi sesentena, quiero hacer una relectura personal del Nuevo Testamento, y supongo que aflorará en las columnas, o en un texto más amplio. Tengo también intención de leer el libro de María Herrro: «Francisco de Asís. Celebración de un fracaso». Veremos. Escribió el filósofo José L. Mora, en un ensayo sobre María Zambrano: «lo que se aprende es que fracaso y derrota no son experiencias coincidentes». En efecto, no lo son. Por ello, solo el amor gana siempre, porque — si parafraseamos a don Quijote— nunca huye, pero a veces se retira.

Asegura Tamayo que «el fracaso de Jesús se manifiesta al final de su vida». Con los debidos respetos, fue y es lo contrario. Fuimos nosotros quienes fracasamos. A veces, los carboneros saben más que los teólogos.

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