Diario de León

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A día de ayer había una empleada del Congreso de los Diputados de baja por inhalación de gas pimienta. El episodio es ya de sobra conocido. El empleado del PP, obedeciendo las instrucciones de la diputada Ana Vázquez después de que ésta sacara el espray en la cámara y fuese expulsada, intentó acabar de vaciarlo en un baño. Como los niños de parvulario. Da la sensación de que así nos tratan. Siempre está la excusa de que es la corriente de los tiempos. La era de lo visual, la imagen que vale más que mil palabras y todo ese cuento. Y si se quiere buscar el impacto del mensaje pues se amamanta a un bebé en el escaño o se colocan unas cuantas balas en la tribuna de oradores. Rufián, el antiguo Rufián, sacaba balas, esposas o, ya se ha dicho, impresoras. Todo corresponde, sí, a los tiempos. Pero no solo a los tiempos evolutivos de la sociedad sino a los de la política. Se trata de crear eslóganes o, sencillamente, y es lo cotidiano, repetirlos. De modo que ahí están los ministros repitiendo como loros y sin pudor ninguno el dictado que les pasan cada mañana. La misma frase, la misma coletilla. Y en el partido de enfrente la misma receta. En Vox para qué hablar, si se saltan una coma los expulsan. Quienes se salen del guion son sospechosos. Una forma como otra cualquiera de acabar con el pensamiento crítico. Aplanar el lenguaje. Así que los representantes del mismo partido son intercambiables. Dicen lo mismo y en realidad no sabemos qué piensan. Y ahí están los analistas, midiendo las modulaciones, los tonos y los silencios para saber si están más o menos de acuerdo con la normativa vigente del partido o hay un gesto delator de inconformidad. La mueca como mensaje. Así que mejor sacar cachivaches, fotografías, lucir camisetas con eslóganes. Algo que puede estar bien para los deportistas, ya vimos a Mourinho con la correspondiente foto y a algunos de sus discípulos con la camiseta arremangada, todo para beneplácito de los ágrafos. Pero en el Congreso eso sobra. Se supone que ahí está representada la voz del pueblo, no su quincalla.

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