CANTO RODADO

El poder de la calle

El desahucio de Maricarmen ha encendido la chispa de una crisis que estaba fuera de la agenda política

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De puente a puente, a velocidad de vértigo, San Froilán ha quedado en el olvido y sepultado por los sabores del reino en el Palacio de Exposiciones.

La clase política inicia una carrera incierta hacia el 29-N empujada por la calle y por su propia incapacidad para resolver los problemas más acuciantes del país con un mínimo de consenso. Y no sólo a los políticos. El emergente Sindicato de Inquilinas e Inquilinos ha marcado la agenda a las centrales sindicales tradicionales y las ha arrastrado a convocar una huelga general para el 11-N.

La cuestión es hasta dónde va a llegar la movilización social cuya chispa ha encendido una anciana. Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años, ha perecido en el desahucio ejecutado tras siete años de lucha sin descanso frente a una subida desorbitada del alquiler del piso en el que vivía desde los 17 años. Ellos consiguieron quitarla de en medio. Ella logró levantar a miles de personas.

El efecto Maricarmen guarda un cierto paralelismo con el caso de Ana Orantes. La crisis de vivienda estaba fuera de la agenda política, igual que la violencia de género era ignorada y normalizada cuando una ama de casa de un pueblo de Granada fue quemada viva por su exmarido tras salir en un programa de televisión denunciando su caso. Era 1997 y siete años después se aprobaba la ley de violencia de género.

La locura inmobiliaria que agitan los fondos de inversión se extiende desde las grandes ciudades a todas las periferias. Ni en los pueblos hay casas disponibles para nuevos vecinos.

Una industria sin máquinas ni rostros visibles que mueve la economía y el Estado, en todo su conjunto, no se atreve a meter mano salvo mínimas excepciones. Las épocas de concentraciones urbanas álgidas han acarreado grandes problemas habitacionales. La película ‘El 47’ muestra el escenario de los años 60 y 70 en Barcelona, cuando llegaba la gente a trabajar en la industria y no tenía techo donde cobijarse.

Un resquicio legal facilitó la autoconstrucción en terrenos que los emigrantes compraban con sus ahorros. Se ayudaban unos a otros para extender los tejados por la noche y evitar que, al amanecer, la policía los obligara a derribar sus cubiles.

Luego tuvieron que pelear, palmo a palmo, los servicios públicos, desde el agua, la recogida de basuras hasta el transporte, de ahí el título de la película que se focaliza en este capítulo. Barcelona dejaba atrás las barracas, el chabolismo puro y duro, de la posguerra y se hicieron planes de viviendas sociales en todo su cinturón.

Los movimientos sociales impulsaron los cambios que mejoraron el bienestar de una generación cuyos hijos, hijas y nietos y nietas claman ahora por sus derechos.

El mundo está en ebullición. En Francia, los estudiantes se han rebelado contra los recortes en educación. Mientras avanza la extrema derecha en América y en Europa, ciudades como Nueva York o Berlín se convierten en faros de un cambio de rumbo posible.