Diario de León

Juan Pedro Aparicio

Genarín y el Emperador

Ángelopez

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El título del artículo debería leerse al revés. Si hay algún parentesco entre Genarín y el Emperador, habría que empezar por el segundo, que vivió unos ochocientos años antes. En cualquier caso, la idea puede parecer un poco extravagante porque los siglos que separan a ambos hacen casi imposible establecer un vínculo entre ellos.

Y tampoco es fácil imaginar que el Emperador hubiera aceptado de buen grado la noticia de que estuviéramos relacionándolo con un personaje cuya fama nació entre tabernas y celebraciones de burdel. Del mismo modo, sería muy poco probable que los cuatro amigos que idearon en su día el homenaje anual a Genarín no tomaran este supuesto vínculo entre ellos y la corona imperial como una broma pesada. Pero precisamente de eso se trata: de buscar, con una pizca de humor y sin necesidad de forzar demasiado la historia, ese posible parentesco. El Emperador no es otro que el rey de León, Alfonso VII. También habían usado el título imperial su abuelo Alfonso VI y su madre, doña Urraca. Esta última estuvo casada primero con Raymond de Borgoña y después con el rey de Aragón, Alfonso el Batallador, el que, según las crónicas, «displacía de las mujeres». Más tarde mantuvo una relación con Pedro González de Lara, de quien concibió un vástago, que gustaba hacerse llamar el Furtado (el Robado), como si hubiera sido despojado del trono leonés, que recayó, como es bien sabido, en su hermanastro Alfonso VII, a quien recordamos como el Emperador por excelencia. ¿A qué se debe esa distinción? En buena medida, a su empeño por hacerse reconocer como tal por todos los reinos peninsulares tanto cristianos como musulmanes. Para ello recurrió a las armas, pero también a las alianzas y a los acuerdos de vasallaje. Durante su reinado las relaciones entre cristianos y musulmanes españoles no consistieron únicamente en hacerse la guerra. Había pactos y pagos de tributos que permitían entenderse cuando convenía a ambas partes. No sería exacto atribuir a Alfonso VII nuestra idea actual de la tolerancia. Era un rey de su tiempo, sí, pero entendía que practicar otra religión no debía ser un impedimento para alcanzar acuerdos. Pactar con el vecino podía ser incluso más útil que combatirlo, sobre todo para el pueblo llano. De hecho, eso es lo mismo que vienen predicando los papas de nuestros días; no, desde luego, los de aquel tiempo. Las alianzas de nuestro emperador con el príncipe musulmán Sayf al-Dawla, conocido como Zafadola, son un buen ejemplo. En una Europa donde desde la Roma papal y la Francia de Cluny se trataba de imponer unas mismas normas religiosas, la política de nuestro Alfonso dejaba espacio para soluciones más prácticas y, sobre todo, menos violentas. El vecino del sur podía ser enemigo, pero también aliado o vasallo. La diferencia de fe religiosa no cerraba todas las puertas. Adelantarse de tal manera a su tiempo tuvo mucho de salto al vacío. La caída fue grande y dolorosa, y el Viejo Reino lo sufrió en carne propia. Su pérdida de centralidad y su posterior relegación en la historia de España debieron dejar un poso inmenso de frustración. De ahí que no resulte extraño que aquel sentimiento engendrara un escepticismo popular hacia las verdades oficiales, aliviado con humor en las tabernas y en los filandones que, no lo olvidemos, fueron prohibidos por el obispo de Astorga. Y aquí aparece la idea que anima este artículo. El entierro de Genarín, con su mordacidad y su rechazo a las verdades absolutas, sean políticas o religiosas, se perfila como un eco tardío de aquel viejo desengaño. No pretendemos trazar una genealogía exacta, pero sí reconocer que el pasado de esta tierra ofrece el paisaje mental idóneo para intuir ese vínculo que titula el artículo. Demos ahora el salto al siglo XX. Estamos en el León de las calles estrechas, las murallas y las cantinas. Allí vive Genaro Blanco, conocido como Genarín, un pellejero de pocos recursos, aficionado al juego, a los burdeles y, sobre todo, al orujo. La madrugada del Jueves Santo de 1929 muere atropellado por un camión de la basura junto a la muralla. Según la versión que ha conservado la leyenda, el accidente lo sorprendió mientras hacía sus necesidades. Lo más probable era que aquella muerte acabara en un entierro humilde y en el olvido. Pero unos amigos decidieron recordarlo a su manera. Los cuatro que serían conocidos como sus evangelistas —un aristócrata, un mecánico dentista y poeta, un árbitro de fútbol y un taxista— pusieron en marcha un homenaje que, con el tiempo, acabaría convirtiendo al pellejero en una especie de heterodoxo santo popular. Mientras las procesiones de Semana Santa recorrían la ciudad con su solemnidad, el recuerdo de Genarín fue encontrando otra forma de celebración: versos, orujo y un recorrido nocturno. La muerte desgraciada de un hombre corriente dio paso a una leyenda en la que cabían la amistad, la burla y el afecto. Y, cómo no, el exceso de alcohol. Su vínculo con Alfonso VII pertenece, desde luego, a la imaginación. Pero tiene su gracia pensar que el rey dispuesto a pactar con un vecino de otra fe y los amigos dispuestos a homenajear a un hombre de tan dudosa reputación comparten algo: la capacidad de no reducir a las personas a lo que de ellas dictan las normas. La vida suele ser más complicada de lo que se recoge en los discursos solemnes, y a veces hace falta un poco de humor para recordarlo. La procesión de Genarín, con sus rodajas de chorizo, su orujo y sus versos satíricos, ofrece ese contrapunto. Tiene mucho de homenaje a quienes pasan por el mundo sin honores. Su fervor es profano, su irreverencia es festiva y su espíritu carnavalesco. Mientras que el Emperador aporta el recuerdo de un reino frustrado por imposiciones externas, Genarín surge como una especie de alivio justiciero a esa frustración. Él devuelve a la calle, o sea al pueblo, la libertad que la historia le había cercenado; y lo hace mediante la risa carnavalesca, la burla y la provocación. Genarín resulta así ser, en el fondo, el último aliado de Alfonso VII, el más indómito.

No pretendemos trazar una genealogía exacta, pero sí reconocer que el pasado de esta tierra ofrece el paisaje mental idóneo para intuir ese vínculo que titula el artículo

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