Fin de la acampada, no de los indignados
Me precio de haber anunciado para este 2026, con muchos más meses de antelación de lo que yo esperaba, un nuevo movimiento ‘indignado’, una especie de segunda parte del ocurrido en mayo de hace quince años. Reconozco que esta vez los ‘indignados’ lo han estado bastante más que hace década y media, que hemos tenido connotaciones nacionales e internacionales más severas y que, encima, en el caso español, el estallido se ha producido coincidiendo con una convocatoria electoral con características muy, muy peculiares. Una España contra otra.
Paseo por la Puerta del Sol y encuentro que algunas tiendas de campaña están ya siendo desmontadas. Se van, o se va la mayoría. Coincidiendo, curioso, con la dimisión del delegado gubernamental en Madrid que permitió (¿y alentó?) la acampada más larga en la historia del kilómetro cero. Ha habido otras en otros puntos de España, en paralelo con movimientos juveniles de especial violencia, particularmente difícil de justificar, como los del fin de semana en Barcelona. Ya digo que puedo vanagloriarme de haber previsto hace más de un año un nuevo movimiento ‘indignado’ como el de mayo de 2011, al que confieso que inicialmente vi con la simpatía que produce todo movimiento sísmico que va a favor de un cambio a mejor. El nuevo movimiento ‘indignado’ se produce cuando está ya muy cercana la campaña electoral oficial ante la marcha a las urnas del día 29 de noviembre. Y está convirtiendo esta campaña en una de las más extrañas que hayamos vivido en medio siglo de democracia. Así como suena. Claro que no son solo las tiendas de campaña las que enrarecen unas elecciones, marcadas por la belicosidad en los discursos de una y otra parte, una agresividad mayor, entiendo, de lo que es usual en una campaña. Hay muchos otros factores, además de un enrarecimiento extremo del panorama internacional.
Hay violencia en las calles de varias ciudades españolas y de muchas fuera de España; hay causas judiciales pendientes que pueden estallar en cualquier momento y pueden llevar a la cárcel a algunos que hasta ahora han sido próceres de la patria, entiéndaseme el sarcasmo; tenemos a Puigdemont jugando a placer con las fechas de su regreso; ni siquiera está pacificado el censo gracias al enorme lío montado con la ‘ley de nietos’; colea el caos de Ceuta. Y, por si fuera poco, la protesta del campo llega dentro de unas horas a la capital y ahí está la huelga del 11-M.
Este es el panorama de anormalidad extrema ante una campaña que va a ser, si nadie lo remedia, rara, rara, rara, en el peor sentido de la palabra. Ante este panorama los indignados deberíamos ser los ciudadanos que ni acampamos, ni nos beneficiamos de una mala utilización del poder, ni gritamos barbaridades en los mítines. Somos, aunque alguna vez escribamos columnas como esta, esa mayoría silenciosa, ay, cada vez más reducida al silencio, que votará con la nariz tapada y que ni indignarnos un poco, con moderación y eficacia, sabemos.