CORNADA DE LOBO
Ese perfume
Convengamos en que casi todos los males nos entran por la boca, las mentiras por la oreja, las dudas por el ojo, los desengaños por el culo y la memoria por la nariz. Interesa hoy esto último. En los olores viene siempre información; mucha; y como casi todos los olores son viejos, traen con ellos recuerdos, momentos de luz, lugares, instantes de emoción o puro asco. Los olores vienen a despertarnos algo. Y el perfume fino, dando sendas a paraísos imaginados o con vuelcos de corazón.
La historia del perfume es fabulosa en el tiempo y en la inmensidad de aromas embriagadores que creó la naturaleza y recreó el perfumista por necesitarse de antiguo una tapadera de los malos olores con que a veces saluda el cuerpo humano. Con mucho incienso, por ejemplo, se disimulaba el olor a chatún y cebolleta podrida que esparcían en el santuario de La Virgen del Camino las viejas anovenarias que no se quitaban ni faldumentos ni mantón para dormir «de pupilo» y hasta en pajares, a lo pobre, paisanas de poco cobre en la faltriquera. Llevo media vida buscando inútilmente dos perfumes concretos con los que se me caerían las bragas: una esencia que pinte el aire con el olor del
dondiego de noche... y otro que te transporte a un cuesto tomillar de solana pedrosilla en sus dos variedades, la del tomillo vulgar y la del rastrero o salsero que se adorna con su plus de brisa limonera. No los veo en perfumerías donde quizá haya otro, el de romero, aunque más sintético que natural; pero sigue siendo melodía su olor; es a lo que huele el pastorcico lindo que encandila a la moza de la canción y del aquí te espero, galán. Porque esta es otra, ¡el sexismo en los perfumes!... ¿por qué ha de haberlos de mujer y de hombre?, ¿qué distingue a los masculinos de los femeninos?, ¿quién les puso fronteras?, ¿qué endorfinas de testosterona pirula van en el «parfum pour homme» o del varondandy al brummel?... Es cosa tan anacrónica como que los botones de camisas, blusas, chaquetas o abrigos vayan en el hombre a la derecha y los de la mujer a la izquierda. Y aquí seguimos en ese erre-que-erre algo idiota.