Diario de León
Ana Gaitero

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El cementerio tenía una luz especial. El verano recostado sobre el otoño daba al camposanto un aire extraño. Tan raro como el sentimiento de pérdida colectiva que envolvía el ritual del 1 de noviembre después del accidente de Urda.

La alta velocidad de nuestras vidas se detiene en rituales que convocan a generaciones, llenan los pueblos más allá del verano y las tumbas se llenan de brillo y flores para recordar a los seres queridos.

Son pausas que nos salvan.

En pocos cementerios quedan tumbas de tierra que se adornan con flores, como recuerdo que hacía mi madre cuando era niña sobre la sepultura de mis abuelos paternos. Villar del Monte es uno de esos lugares. Estremece ver las grecas de color que forman las flores cultivadas en casa y que Tina y María Jesús colocan sobre la tierra en la que yacen sus hermanos, niños que murieron casi al alumbrar la vida en los años 60. Nunca se les olvida.

La vida de los cementerios ha inspirado la exposición 'Cementery' en la galería EspacioE de León. Y hablando de este evento con una de las fotógrafas, mi compañera Virginia Morán, me he acordado de las mujeres que limpiaban y adecentaban los panteones en el cementerio de Valparaíso.

Sentadas a los pies de una sepultura, nos contaron que cuando temblaba la tierra —y en Chile ocurre a menudo— era el lugar más seguro. La experiencia y los consejos gubernamentales les habían enseñado a quedarse quietas, sin sobresaltos.

La lentitud, pararse y mirar, centrarse en cosas sencillas son conductas disruptivas en la era de la inteligencia artificial. Es aprehender el instante por puro placer, aunque la tarea sea un trabajo.

Es lo que hacen las que limpian las iglesias. Esa legión de mujeres invisibles que sacan brillo a los santos ya sea en la Catedral o en la iglesia más humilde de un pueblo perdido. Las que friegan el suelo y disponen albas, paños de ofrenda y manteles sagrados, flores y, de paso, cánticos para adornar los templos de color y dedicarle el último sonido.

Las que limpian no se rebelan en La revuelta de las mujeres en la iglesia. Pero deberían empezar a ser vistas y reconocidas. Incluso ayudadas por las máquinas que facilitan la vida diaria con nombres comerciales rumbosos.

Si la iglesia echa cuentas, el trabajo de las que limpian les ahorra unos buenos dineros. Y lo mismo podemos decir del Estado. Las que cuidan, las que limpian en casa, con ‘rumba’ o sin ella, son la razón por la que el mundo, desde la calle a las empresas, hospitales, escuelas, industrias, oficinas y campos de labranza, funcionan.

Las que limpian, que en su mayoría son mujeres, son el producto interior bruto invisible. Muchas han dejado atrás sus vidas laborales, otras se descalabran intentando llegar a mil lugares... Necesitamos a las que limpian; necesitamos detenernos y mirar por el objetivo de la vida. Atrapar los instantes.

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