Diario de León

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Hace un año teníamos planes que no sabíamos que podrían esperar. Íbamos a viajar a Burdeos en el puente, organizábamos dónde celebraríamos las cenas de Navidad, buscábamos entradas para Dani Fernández. Los días pasaban como pasan las cosas que no tienen mucho sentido. Ignorábamos aún que a veces la vida circunvala. Entonces vino aquella revisión anual rutinaria sin falta, y aquella manchina que aparecía en la ecografía, y la mamografía para salir de dudas, y la biopsia con Laura López para descartar, y la tarde de un martes plomizo que apareció Bea en casa con la excusa de un café. «Dentro de un año, nos vamos a acordar de esto como algo ya superado», nos afirmó a los ojos la ginecóloga a quien debo la vida que más quiero. «Ahora, hay que empezar a pensar en la prueba siguiente», nos animó la doctora Suárez, aunque en mi casa se llama tía Bea. Me acordé del chiste que siempre cuenta mi primo Jorge. Ese del paciente que sale de la consulta, se da la vuelta y le pregunta al doctor si le ha dicho géminis o acuario. No, no, le dije cáncer, contesta el médico. Lloré de risa.

Pero se lo contamos a los guajes sin decir en alto la palabra hasta casi una semana después. Subió al hospital. Le hicieron el preoperatorio. La cirujana Rosario Canseco le explicó cómo iba a quitarle aquella cosa que no abultaba más de un garbanzo. Esperó y, justo un mes después del diagnóstico, la citaron para la intervención. La tarde anterior le brotó un corazón de trapo que regala una asociación de mujeres para que la almohada las proteja al abrazarla tras la cirugía. Entraron en la habitación Pilar y Josefa, que tenían turno también para la mañana siguiente, se presentaron y casi hacen una fiesta de pijamas. Tuvo miedo, pero nos protegió de él. Esa madrugada murió Robe Iniesta y, mientras la camilla se perdía por el pasillo de los quirófanos, escuché Si te vas para que volviera. Salió aún más hermosa. No se quejó nunca. Le quitaron los puntos. El ganglio centinela no trajo recado de ninguna célula cancerígena que hubiera cursado visita a otro órgano. La oncóloga Ana López le dio una clase de empatía y una pastilla para cinco años. Le llamaron para la radioterapia. Conoció a personas maravillosas también allí. No ha dejado de sonreír ni un día. Esta semana hace el año. Tenía razón Bea. Qué regalo vivir contigo, Inés.

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