miércoles. 06.07.2022

Elecciones

Calles y plazas se despiertan hoy vestidas de elecciones. Unas elecciones que dicen que son autonómicas, pero donde los asuntos locales han estado tan lejos de las campañas como lo pueden estar Madrid o Estrasburgo. Ya se sabe, las Comunidades Autónomas nacieron con vocación de descentralizar, y tal vez esto sirviera para otros. Aquí el camino es el inverso; la nuestra nos trae los problemas nacionales a la puerta de casa para que, a fuerza de verlos, los hagamos propios y olvidemos lo que tenemos mucho más cerca, a menudo quemándose al fuego en la cocina.

Las primeras elecciones en Castilla y León fueron poco después de su nacimiento, durante la primavera de 1983. Y ya entonces estuvieron mediatizadas por un ambiente político nacional donde la inercia de las elecciones al gobierno central, que se habían celebrado seis meses antes, fue determinante. El PSOE aparecía pletórico con el éxito de Felipe González y su mayoría absoluta en Madrid, un empuje que le permitió conseguir un escueto y sorpresivo triunfo en la conservadora meseta norte frente a Coalición Popular. Esta formación, encabezada por una joven Alianza Popular, aparecía en la escena política esperando recoger los apoyos de la UCD, que se había descalabrado en las elecciones del 82.

El pulso político nacional era tan fuerte que la cuestión territorial quedó bastante marginada. En León, frente al firme apoyo del PSOE a la Comunidad que se abría por delante, Alianza Popular presentaba una actitud ambigua, tratando de conjugar un pragmático apoyo al nuevo marco territorial con la búsqueda de votos en el caladero de un electorado leonés que parecía mostrarse abiertamente favorable a una autonomía propia. 

Quedaban las iniciativas autóctonas. Pobres y mal organizadas. El Prepal, anclado en una Zamora que miraba para otro lado, encontró en la provincia leonesa el apoyo del activo Grupo Autonómico Leonés. La participación de sus miembros en la campaña supuso la inyección en el leonesismo de peticiones que iban más allá de la mera reclamación de una autonomía como la comarcalización del territorio, la promoción de la cultura leonesa, la potenciación de las entidades menores en los ayuntamientos, la descentralización de la Diputación hacia el Bierzo y demandas ecologistas en contra de pantanos, campos de tiro y centrales nucleares. 

Sin embargo, la sombra de los años ochenta se alargaba sobre los debates políticos. El terrorismo, la crisis económica, el crecimiento del paro y las amenazas golpistas como asuntos cruciales en la política de toda España alejaban el interés de los leoneses de los asuntos que les tocaban más de cerca. Podrían venir en el futuro grandes movilizaciones por la autonomía, por el carbón o por la despoblación, pero al final en las consultas electorales siempre terminarían primando aquellos asuntos que, con mucha más resonancia de altavoces y campanas, rugían en los alejados mentideros de Madrid.

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