Diario de León
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León

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Durante el puente del doce de octubre, hemos disfrutado un año más en nuestra ciudad de la tradicional Feria de los Productos de León. De nuevo, nuestros fabricantes y emprendedores nos siguen sorprendiendo año tras año de forma fabulosa con sus novedades. Exquisiteces que podemos presumir con orgullo como leoneses, pero lamentablemente, no podemos presumir de la misma forma como ciudadanos civilizados, ya seamos locales o provinciales. Y es que en el tiempo que una se acerca a la Plaza de Toros para conocer las novedades de alimentación de la tierra, presencia escenas de vergüenza ajena. No voy a mencionar puestos ni productos porque sinceramente, los fabricantes ya tienen suficiente con vivirlo en primera persona. Hablando con algunos de ellos, mencionan gente de todas las edades (principalmente de sesenta años en adelante) que han ido los cuatro días, desde la apertura al cierre, pasando cinco o seis veces, sin exagerar, por delante de los puestos, “rapiñando” todo lo que encuentran para “probar” o mejor dicho, para marchar comidos o cenados a casa. Pero eso no es nada, ya que los más asiduos eran invitados a abandonar el recinto, dando una imagen de los años de la posguerra y del hambre en España. Otro relataba que los más “educados” preguntaban después de “probarlo” los dos días anteriores: ¿Esto qué es? Mientras en el mejor de los casos llevaban tanto que nos les entraba en las manos ni en la boca, mezclando dulce con salado. Es igual, todo vale con tal de no soltar un céntimo y salir con el buche lleno. Y es que en verdad, en la Feria hay que probar, claro que sí, probar aquello que uno pueda estar interesado en adquirir, faltaría más, pero atropar como si viniera un holocausto nuclear… En fin, como alguien dijo una vez: “La miseria solo llama a miseria”.

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