TRIBUNA
Más allá del jardín
El erudito procede de manera analítica y el escritor por intuiciones, ahora me tienta pensar que el erudito hizo al escritor como el mar la playa, retirándose
Si erudito se dice de quien ya no es rudo y sabio es el que habla de cosas cuyo sabor ha fruido, erudición y sabiduría campan a sus anchas por las páginas de este libro, tutelado además por un título prometedor de saberes y sabores: Villas y jardines de la literatura. Ocurre sin embargo que esa dualidad podría verse replicada en su autor, docente y escritor. Andrés Martínez Oria, que ese es su nombre, se desempeñó en efecto como profesor de lengua y literatura, de modo que la erudición hemos de suponérsela, pero al tiempo ha sido y sigue siendo escritor, autor de un ya bien nutrido acervo de libros en cuyas líneas, surcos de lozanía, ha ido sembrando la semilla de una prosa modulada magnífica, jugosamente. Es sabido que el erudito procede de manera analítica, mientras que el escritor lo hace por intuiciones, pero ahora me tienta pensar en aplicarle a él, sujeto de esa doble faceta, una afirmación legendaria sobre Dios creador del mundo: el erudito hizo el escritor como el mar la playa, retirándose.
En su obra descuellan dos títulos. El primero, Invitación a la melancolía, remite inevitablemente a Robert Burton y su Anatomía de la melancolía, pero al fondo asoma el tratadito atribuido a Aristóteles, El hombre de genio y la melancolía, con su soberbio arranque figurando un desplante en la cara del toro retórico: «¿Por qué tantos que han sido excepcionales políticos, artistas, poetas o filósofos resultan ser cumplidos melancólicos?» (y Azorín, a propósito: «Todo escritor que no lleve un fondo de melancolía está perdido»). El segundo recrea la vida familiar de Leopoldo Panero bajo un título tan sugerente como Jardín perdido (donde jardín es paraíso), perdido por supuesto, como el primero y primordial, o no sería paraíso. El presente libro, con ese título y sus dos plurales, se erige él mismo a modo de jardín, o mejor acaso, bosquecillo, mejor de encinas. Virgilio llamó oraculares a las encinas del bosque, recordando a Platón, según el cual fue una encina la que emitió el primer oráculo. Bastará para entenderlo con evocar el clamor de las hojas pulsadas por el viento o el rumor de un idilio cuando acariciadas por la suave brisa soplando del oeste al atardecer de verano. Pues bien, en el bosquecillo de este libro suena la respiración de una prosa desplegando su aliento, ya viento impetuoso, ya brisa leve. El autor hace el recuento de un rebaño de cincuentaitrés villas, jardines, fincas campestres, incluida por cierto la suya, nominada Moldera, con casa y jardín plantado por su mano. Enumera sus gracias externas, descritas con delectación y evoca las vividuras íntimas de sus dueños o inquilinos, a veces con el tono elegíaco de la gloria fugaz. Ahí está, a título de ejemplo, Certaldo, la villa de Bocaccio que aparece en Decamerón, donde «escucharía el canto de las cigarras entre los olivos cuando más calentaba el sol»; ¡esas cigarras sonando su «de voz de lirio» en un verso de la Ilíada! Y en esta suerte de tapiz polícromo tejido con primor de artesano antiguo resaltan a menudo puntadas de una suave cadencia lírica, como esta del «Jardín en la colina del infinito» de Leopardi: «Lirios de abril sobre la hierba húmeda».Yo siento predilección por un jardín y una villa. El primero se halla en los escritos memoriales de Valerio del Bierzo, monje allá por el siglo VII de uno de los eremitorios surgidos en los valles cavados en la espalda norte de los Montes Aquilanos. Los monjes seguían su camino de perfección en soledad, aunque compartían ciertos servicios comunes, como una mínima biblioteca. Escribe pues Valerio que necesitó de un gran esfuerzo, pero al fin hizo su jardín en una terraza y resultó «parecido al Edén», con sus árboles diversos, entre ellos laureles, y muchas flores para el recreo de los sentidos, pues que la «amenidad del bosque calma los nervios (Burton diría: «alivia el mal de la melancolía») y el amor auténtico, puro y sin fingimientos inunda el alma». Y lo llamó Dafne en recuerdo de los jardines de Alejandría, dedicados a la ninfa-laurel. Tenía pues su oratorio, pequeña biblioteca y un jardín, todo lo necesario para vivir, si se atiende a la cita de Cicerón que va en el pórtico: «Nada te faltará, si posees un jardín junto a tu biblioteca». Pero ambos, Cicerón y Valerio, me han recordado a su vez y en violento contraste lo que escribió Jiménez Lozano: «El hombre que está en el burdel les parece a muchos más auténtico que el que está en la biblioteca, en el jardín o en el oratorio»; (y a alguno hasta le darían ganas de decir amén).Villa Odila se llamaba la finca con casa y jardín de Leopoldo Panero en Castrillo de las Piedras. Pasaba en ella los veranos con su familia y allí escribiría muchos de sus poemas y versos estremecidos como este: «ahora que siento mi corazón como un árbol derribado en el bosque». Tres eran los hijos, tres varones, pequeños geniecillos, tempranamente subyugados, vástagos al fin de un gran poeta, por el embrujo de la poesía, que, según el verso de Píndaro, «todo lo vuelve dulce a los mortales». Como decía, Andrés recreó sus vidas y aventuras en Jardín perdido. Y al igual que Adán y Eva lejos del paraíso, también ellos, sobre todo el mediano y el pequeño, habrían de sufrir la intemperie absoluta más allá del jardín perdido.