lunes 10/5/21

Viga, pote y colchón

El dinero nunca duerme, menos aquí, que acostumbra a echarse unas siestas de padre nuestro, pijama y orinal. La siesta del carnero, en horario GTM. Qué otro final le espera a la economía, cuando los bancos no admiten cash después de las once de la mañana. Los bancos, que aportan la grasa para que no chirríe el engranaje de la libertad, se erigen ahora en vigías del abrazo del corralito, bandidos en la garita de comisaría. Así se entiende el sainete al que obligan al ciudadano –sujeto de la polis, no al que cree la doctrina del CEO de la yunta y la pone en práctica– que peregrina a diario entre tenderetes financieros, a tratar de saldar el recibo de la contribución, luego evolucionado a impuesto de bienes inmuebles, que favorece la revisión catastral para que el contribuyente sangre sin dolor. Los ayuntamientos más pobres de León subieron el IBI para pagar conciertos de la Panorama. Esto es un hecho irrebatible que no se escuchará en los mítines fiesta cuando el PP busque el voto con el argumento de que administra como dios, en la escasez. Y el paisano quiere pagar con billetes de curso legal. Y el operario (porque banquero es presuntuoso y bancario adjetivo de oficina) que no, que el sistema se bloquea a las once y no admite ingresos en efectivo. Y el paisano... seguro, que si vengo con un millón de euros no me lo van a coger (en la acepción de tomar, no en su vertiente del Mar del Plata). Y el oficinista se pone rebeco, ante su gran ocasión para dar salida a todos los conocimientos que adquirió en el último cursillo de penalista, anterior a la pandemia. No se puede ir con un millón de euros por la calle, advierte, con tono de acusador popular. Recibos, martes y jueves, replica la apoderada en funciones de otra sucursal de aquellos que con un elefante hicieron amigos de forma alucinante; pero hace treinta años. Poco más tarde, un industrial leonés acudió a un concesionario multi marcas alemanas para agasajar a su hermana pequeña con un coche, por su reciente y brillante licenciatura. Después de mil pegas por parte del comercial (cuántas operaciones frustran las pintas del cliente) miró un modelo, tanteó el precio y resolvió con un mazo de billetes de cinco mil, a tocateja: una pena que cueste cinco millones, porque tengo justo cuatro millones y medio. Ventilen el enigma: el vendedor no era el cajero de la caja a la que ahora remite el servicio de recaudación.

Viga, pote y colchón
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