Diario de León
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Historias del reino margarita torres

Cu ando las noticias agostan o te deprimen, por reflejar patéticas peleas navajeras locales, surge como una llama deslumbrante el verbo glorioso de don Javier León de la Riva, excelso prócer de esta comunidad de Castillileón que tanto nos gusta, en la que tan cómodos nos movemos. Y se anima el cotarro. Sotto voce, afirman algunos de esos que buscan puesto político de aquí al 2011, que aguardan agazapados la ocasión, achusmando desde la esquina de sus miedos, que más vale callar que hablar, no sea que te muevan el sitín que tantos lametazos te está costando recuperar o adquirir. Es por ello que cada vez me gusta más ese señor con barbas, atractivo ejemplar de calvo varón vallisoletano, George Clooney del Pisuerga, que no tiene pelos-¦ en la boca: León de la Riva. Un tipo que canta las verdades del barquero, las mentiras del filibustero y la Traviata con tuberculosis y violeta, si es necesario para barrer algo más para la ciudad de Pedro Ansúrez.

Suelta ahora, dichanachero y locuaz, una más de sus elegantes perlas dialécticas a propósito de la fusión nuclear de Caja España y Caja Duero: si esta caja no es de Valladolid, «tendremos que pensar los vallisoletanos dónde llevamos nuestros dineros». Anda, leñe, que si algo no reside mecido por el Pisuerga no merece la pena vivir. ¿Qué dirán entonces los burgaleses a propósito de lo acontecido con Oncología? ¿Los salmantinos, ofendidos por sus arrebatos verborréicos que le llevaron a calificarlos de poco más que catetos? ¿Los sorianos, que deben acudir a solventar sus cuitas a Zaragoza? ¿Los segovianos y abulenses, cada vez más madrileños? ¿Los zamoranos, si es que resta alguno? Nada digo de los hijos de esta tierra nuestra, que nos hemos desgastado en un duelo a tortas cuando el enemigo lucha a espada y con armadura.

Debería alguien recordarle al muy magnífico, primero entre los primeros, que Caja Valladolid forma parte de Caja España desde que Caja León saneó con nuestros dinerines de entonces sus cuentas más bien rojillas que azules. Bien cierto que aquel proceso de unión duró casi dos años, pues arrancaba allá por finales del mes de marzo de 1988 y concluía un 16 de junio de 1990 bajo el nombre de Caja España. Ahora, veinte años después, a latigazos se fustiga a ésta y a Caja Duero para que se arrejunten, como pareja de hecho o matrimonio con hijos, algunos más despiertos que otros. A toda máquina se gesta el dulce caminar conjunto, que, de entrada, acaba con los pies en casita de más de quinientos trabajadores de Caja España. Todo sea por el bien común, dicen los que conservan silloncete. Todo sea para Valladolid, recuerda metiéndose donde nadie le invita el gentil León de la Riva. «Pero querido Tomás», preguntará el insigne caballero a su cercano amigo el consejero Villanueva, con quien le une conocida y tierna relación casi fraternal: «¿no habíamos quedado qu e estas nueve provincias avanzaban todas para una, pero no una para todas?» Una mirada torva, un silencio, recibirá por respuesta. Después, quizá, alguna prebenda por la gatera, de ésas que llegan disimuladas, de las que nadie se entera hasta que se formalizan. Pasen, esperen y vean. El circo todavía no ha acabado la función.

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