Diario de León

Catón y las fuentes de nuestra historia leonesa

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Tribuna | Julio de prado reyero

sacerdote

Este ya finalizado año 2009, entre otras razones, puede ser calificado como un verdadero «annus horribilis» para todos los leoneses, aunque no sea más que por la desaparición, entre otros de prohombres de la talla del prolífico, polifacético e incombustible Victoriano Crém er, el villafranquino poeta de finura extraordinaria Antonio Pereira y José María Fernández Catón, que escudriñó en silencio, más y mejor que nadie, las fuentes de nuestro pasado dejando un sillón vacío muy difícil de ocupar. Convencido quizás sin saberlo de lo que había escrito ya en el año 1821 el famoso poeta inglés Lord Byron: «el mejor profeta del futuro es el pasado», lo que un siglo más tarde el cántabro Marcelino Menéndez Pelayo, Bibliotecario y Director de la Academia de la Historia y gran conocedor de nuestra Historia de la Edad Media matizó aún más con motivo del centenario de la muerte de Jaime Balmes: «donde no se conserva piadosamente la herencia del pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original ni una idea dominadora. Un pueblo nuevo puede improvisarlo todo menos la cultura intelectual, un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil».

Conocí y trate a José María Fernández Catón desde el año 1940 en nuestro Seminario de San Froilán, dos años estuvimos en la misma aula de clase y muchos más en nuestros paseos y animadas conversaciones y dadas sus óptimas calificaciones muy pronto optó a premio extraordinario y eligió como tema de trabajo un estudio y organización de Archivo Parroquial de Barcial de la Loma, provincia de Valladolid, entonces perteneciente al obispado de León y lugar que escogió para su sepultura. Su párroco era muy conocido para mí por haberlo sido antes en un pueblo contiguo al mío en el Valle de Sabero.

En el año 1952 fue ordenado sacerdote en Barcelona con motivo del Congreso Eucarístico Internacional, a cuyos actos asistí. Mientras tanto el obispo Almarcha, que había leído y elogiado el referido trabajo lo envió a Roma para realizar estudios de Historia Eclesiástica, Archivos y Bibliotecas en el Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana y doctorándose en historia de la Iglesia (sección de Historia, Paleología y Archivos). A su regreso a España realizó idénticos estudios civiles, siendo nombrado director de la Biblioteca de León, estrechándose nuestra amistad con motivo de un incidente del que fui víctima al encontrar en lo muros de una edificación de la parroquia de Santa Olaja de la Varga una lápida vadiniense del siglo IV que intentaron comprarme, con soborno de un funcionario de la administración, siendo mi respuesta que no estaba en venta, por lo que cursó una denuncia contra mí ante el Ministerio de Educación. El caso se le encomendó a Catón y a los pocos días en vez de una sanción recibí del ministerio una carta de felicitación y gratitud por estar contribuyendo tan eficazmente a la conservación del Patrimonio. La lápida de marras puede ahora contemplarse en el claustro de la Catedral, lugar por mí elegido. Idénticas muestras de gratitud le debo por su apoyo en el año 1981 con motivo del II Centenario de la muerte del Padre Isla, de cuya junta yo formé parte.

Otra etapa muy gratificante para ambos fue la de su incorporación como Secretario de Archivos Leoneses , que tuvo la amabilidad de consultarme sobre ubicación de monasterios y otros poblados desaparecidos, haciendo siempre constar su gratitud. Por otra parte de él recibí una amplia información de la obra de Hierarchia para el Epicospologio Legionense , que el obispo Antonio Vilaplana (que acaba de fallecer en Valencia) me había encomendado para la hoja diocesana Iglesia en León .

Otro artículo interminable merecería su fundación y dirección de Fuentes y Estudios de la Historia Leonesa , cuyo fin era recoger estudios de seria investigación, siendo ya publicados hasta 2009 y el nº 126, de los 20 que llevan su firma como autor. El último de los cuales publicado en el año 2008 El Cartitulario de Lorvao (Portugal) siglo XII , del que me hablaba con todo cariño cuando ambos estábamos hospitalizados hace año y medio.

Es de justicia hacer constar que la obra de Fernández Catón viene no sólo a dar a conocer nuestra verdadera historia o suplirla por interesadas memorias históricas, que muchas veces no pasan de «historia de ficción» sino como se acordó en el I Congreso de Archiveros celebrado en 1971 al que asistió Catón y en el que tuvo parte muy activa: «que la documentación eclesiástica no desaparezca... sino que pase a los archivos eclesiásticos, y que pueda constituir mañana la historia que ahora todos estamos escribiendo». Teniendo siempre en cuenta lo que ya escribió el poeta italiano Tasso en el siglo XVI: «los que viven no deben tener guerra con los muertos» o nuestro tribuno Vázqu ez de Mella: «los pueblos se enlazan con la muerte el mismo día en que se divorcian con su historia».

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