Diario de León
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León

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El baile del ahorcado cristina fanjul

He visto a mi s obrina en el rostro de una niña muerta en Haití. Hay miles como ella. Parece que duermen, pero después tiran sus cuerpos a las morgues callejeras que se han improvisado para sentir que la vida aún tiene espacio. Poco ha cambiado en este país de zombies, en el que aún resuena el eco de los machetes de los tonton macoutes , apenas nada. El camino entre el terror de la vida y la infabilildad de la muerte, nada, el terremoto no ha alterado casi nada, porque la muerte es ausencia de vida y los vivos que hoy amontonan a los suyos en las trincheras negras de las calles de Puerto Príncipe saben que los barcos seguirán pasando de largo. Lo único que nos queda es la conciencia del sufrimiento, la posibilidad de reconciliarnos con nosotros mismos a través de la aflicción de los demás. Sin embargo, sabemos que el seísmo, el tsunami, las hambrunas... sabemos que las ratas siguen vivas y puede que en cualquier momento la peste las despierte y las mande a morir a nuestra ciudad.

Todos estamos infectados con el bacilo de la muerte. Es la conciencia del absurdo, que nos golpea una y otra vez. Lo más fácil sería abrazar la nada, esa nada que es ley en el país caribeño, pero también cabe la rebelión, la rebelión que lleva a defender que el mal que sufre un sólo hombre es también nuestra angustia, que sólo así, a veces, creemos o sabemos que no estamos solos o al menos no demasiado, que «yo me rebelo, luego somos nosotros».

Haití es hoy Orán, y el terremoto nos permite saber qué papel ocupamos en medio de esta enfermedad. Ya hay alguno que ha demostrado lo mucho que se parece a Paneloux: «... Habéis creído que bastaba con venir a visitar a Dios los domingos...» pero la mayoría se parece más a quien sabe que su papel es luchar contra la muerte porque la vida no es una pasión inútil: 0049 5927 96 2795042708.

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