Diario de León
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Con viento fresco josé a. balboa de paz

Mientras España discute acalorada mente sobre la legalidad de empadronar o no a los sin papeles, EE.UU. legalizará a unos 200.000 haitianos que carecen de ellos, pero que ya vivían en ese país antes de que el pasado 12 de enero un terremoto de algo más de 7 grados en la escala de Richter provocara un desastre de dimensiones incalculables. La capital, Puerto Príncipe, y su área metropolitana se convirtieron en poco segundos en un montón de escombros, sepultando a miles de personas. Nunca sabremos cuántas murieron en esa catástrofe apocalíptica, pero el gobierno, o lo que queda de él, habla de unos 150.000 muertos. Tales muertos no son más que una parte, sin duda las más dolorosa, de un problema aún mayor: heridos, desplazados, huérfanos, viudas, edificios destruidos, economía aniquilada.

El seísmo es una catástrofe natural pero su magnitud no lo es: revela estructuras inadecuadas que de forma dramática han salido a la luz. La más evidente, la pobreza secular de unas gentes cuyas endebles construcciones no han podido soportar ese temblor; pero ésta, aunque no guste escucharlo, tiene su razón de ser no en colonialismo o en el expolio de una economía globalizada, que también, sino en la ausencia de verdaderas estructuras estatales. Haití ocupa la parte occidental de la isla de La Española, unos 27.500 km², pero sobre ese territorio, al contrario que en su vecino país (República Dominicana), el Estado no es sino el poder caciquil de algunas familias, como los Duvalier, que gobernaron el país de forma dictatorial desde 1947 hasta 1986. Desde entonces la inestabilidad política ha sido la tónica, teniendo que intervenir incluso los cascos azules de la ONU.

El terremoto, sin embargo, ha dejado fuera de juego a esta organización internacional, poco eficiente a la hora de hacerse cargo de la crisis. Aunque es cierto que su sede en Haití se derrumbó y aplastó a la mayor parte de sus ocupantes, sin embargo, en los días posteriores, como declaraba un general dominicano, a la ONU no se la vio más que por el aire y su secretario general se mostró impotente ante la crisis. Frente a ello, miles de personas y organizaciones no gubernamentales han mostrado su mejor rostro, el de la solidaridad. Primero, el pueblo y ejército dominicano, luego los EE.UU., después otros países (entre ellos, de forma relevante España) y muchas organizaciones de bomberos, médicos, y especialmente la Iglesia Católica con las suyas propias: Cáritas, Mensajeros por la Paz, Manos Unidas, etc. EE.UU no solo ha mandado miles de soldados para poner orden, hospitales para curar heridos y ayuda directa; también unió a sus tres últimos presidentes en un proyecto común de solidaridad, ejemplo para todos. Claro que hay recelos contra ese país, pues ya a principios del siglo XX sus marines ocuparon Haití, pero también es cierto que es la única potencia con recursos para imponer el orden, reorganizar el Estado y comenzar la su reconstrucción. Pronto, cuando las cámaras enfoquen hacia otro sitio, nos olvidaremos de la tragedia; pero hay que volver a crear colegios y escuelas, abrir hospitales, construir carreteras y casas dignas. Entonces la ayuda americana, el apoyo de las organizaciones que nunca se van, como las de la Iglesia Católica, necesitarán de nosotros. No podemos defraudarles ni tampoco a ti, Leslie Loubeau, berciano de Haití del que no me olvido en estos terribles momentos.

Al margen. Mientras escribo, me comunican la muerte de Ignacio Fidalgo, director que fue de la revista Aquiana , una de las pioneras y más importantes del Bierzo, y que, durante más de treinta años, animó la vida cultural de esta comarca. Ignacio fue durante muchos años una voz crítica; pero sobre todo una persona profundamente enamorada de la historia de nuestra comarca, que acogió en las paginas de Aquiana muchos e interesantes trabajos de inve stigación y divulgación. Su casa de Campañana, que alguna vez me invitó a visitar, era un verdadero museo de las mejores cosas de nuestra tierra. Descanse en paz.

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