Diario de León
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Tribuna | FERNANDO DE ARVIZU

CATEDRÁTICO Y EX PARLAMENTARIO

Manuel Pizarro, el número 2 por Madrid en las pasadas elecciones, ha renunciado a su escaño de diputado. Iba colocado detrás de Rajoy, estaba preconizado para ser el hombre fuerte de un posible gobierno popular en temas económicos, acertó en lo que dijo en el debate contra Solbes, quien usó de todas las triquiñuelas del político para dar la impresión falsa de que le había ganado. Luego fue marginado al gallinero del hemiciclo. Y por último, tras no encontrar respuesta satisfactoria a la pregunta «¿qué estoy yo haciendo aquí?», se ha marchado sin un reproche. No ha dicho la frase de Azaña: «¡señores, ahí queda eso!», porque ha sabido irse con elegancia, y la sociedad ha entendido y respetado su actitud.

La renuncia de Pizarro ha vuelto a poner sobre la mesa, en las páginas de opinión de los medios y en la propia sociedad, el papel de unos políticos frente al papel de otros políticos. Esto quiere decir lo siguiente: al haberse convertido la política en una actividad bien o muy bien remunerada, desde hace dos décadas ha surgido una generación de hombres y mujeres que han decidido hacer de la política su profesión. Eso no es lo mismo que decir «vivir de la política», porque la expresión tiene una nota peyorativa que no quiero utilizar.

Vividores hay en todas las profesiones, al igual que gente decente, honrada y trabajadora. Y si todos pueden decidir la profesión de la que van a vivir, en principio no se ve por qué no se va a poder elegir la de político, que no tiene por qué ser una profesión indecente. Siendo esto verdad en el plano teórico, la gente no comprende por qué en la política se dan los vividores mucho más que en otras profesiones. Si de principio no hay ningún reparo que poner a los políticos profesionales, el problema viene a la hora de establecer qué preparación debe requerirse para dedicarse a la política: ahí es donde fallan las cosas, porque los partidos -”todos-” que son quienes deciden los que acceden a los puestos y los que no -”cosas de las listas cerradas-” no exigen preparación, sino afinidad, sumisión, osadía, riqueza o relaciones con los que la tienen, y cosas así.

Por ello, la casta de políticos profesionales no tiene otro horizonte que perdurar, hoy en un cargo municipal, a la siguiente legislatura como jefe de un puerto marítimo; ser hoy jefe de gabinete de un alto cargo y mañana embajador en un país importante. Son sólo ejemplos, pero ilustran suficientemente la situación.

Pues bien, esos políticos profesionales de la perduranza a toda costa, ven con muy malos ojos a gente como Pizarro, que ha ido a la política a servir, que a lo mejor ha descubierto -“aunque tarde-” que tenía vocación política. Pero que en todo caso, después de una vida profesional acreditada por sus aciertos, ha querido hacer algo más por la sociedad en la que vive y ha entrado en la lucha política.

Quien no necesita de la política para vivir y sin embargo se mete en ella, no suele comulgar con ruedas de molino, no obedece por que sí, no quiere votar lo que le manden porque se lo mandan, sino que quiere antes contrastarlo y discutirlo. Y para eso se necesita justamente lo que a los otros les falta: conocimientos y preparación. Contra cualquier pizarro, los mediocres se conjuran para marginarle hasta que se canse y se vaya, como ha ocurrido en esta ocasión y en otras.

Lo que ha propiciado nuestra democracia en manos de los dirigentes de los partidos, es precisamente eso: una casta de gente que come en la mano de quien puede ponerle o quitarle, que es dócil y nada más: no tiene sentido crítico, ni estudios, ni verdaderos deseos de servir a la sociedad: sólo perdurar. Los pizarros, los que han acudido a servir, los que se han dejado tentar por promesas que no eran sino humo o por un puesto de honor en una lista, se encuentran con la cruda realidad de una situación que no esperaban y contra la que no saben luchar, pero que es justamente la que quieren los dirigentes de todos los partidos, al menos en España. ¿A qué conduce todo esto? Ni más ni menos que a la creación de una casta cerrada de gente cuya preparación «se le supone» en el mejor de los casos, desconectada de la realidad y de las personas a las que dicen representar. Al divorcio entre la sociedad y estos políticos, porque lo la representan. Al espejismo de las buenas palabras y la cercanía a la hora de pedir el voto, que se prolongan en el olvido y el alejamiento de los ciudadanos en cuanto las urnas se abren y los votos se cuentan.

¿Tiene esto arreglo? Por supuesto, siempre y cuando los que pueden quieran arreglarlo; aunque en principio no quieren, porque prefieren los dóciles a los pizarros. Pero en todo caso, la sociedad pone a cada cual en su sitio y acaba por rechazar a los políticos que ni resuelven sus problemas ni saben cómo hacerlo. Y cuando la exasperación llega a niveles de supervivencia, ocurre lo que pasó en Argentina hace unos años: que los políticos, en vez de ser recibidos con música lo eran con caceroladas, y en vez de vítores sólo se escuchaba un unánime clamor: «¡que se vayan!». Pues que cada cual saque las consecuencias que procedan.

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