¡Vamos León!
La aspillera | vicente pueyo
A mal tiempo buena cara, no hay mal que por bien no venga, el pesimismo conduce a la debilidad, el optimismo al poder... Basta de malos rollos, ¡Vamos León!
Muy mal tienen que estar las cosas cuando nuestros munícipes recurren a las pegatinas, a las chapas y a los pines para insuflar optimismo a la ciudad y a su devenir. A falta de euros que llevar a las famélicas arcas municipales, el equipo de Gobierno parece haber optado por llenarlas de alborozo convirtiendo a la ciudadanía en pleno en una especie de alegre y leonino Salvation Army inasequible al desaliento. Se desconoce a cuánto está este año el kilo de orgullo y autoestima, pero éste es un dato sin duda despreciable al ponerlo en relación con los entusiasmados objetivos de una iniciativa que parece ideada por un intrépido equipo de joviales psicólogos. Debe funcionar porque aquí en la Redacción la jornada casi acaba anoche a besos de tornillo después de pasear en la solapa las pegatinas y los pines con ese semileón rampante en fondo púrpura que parece que alguien tiene sujeto por el rabo. Perdonen ustedes el tonillo irónico pero es que la cosa tiene su miga e invita a una ardorosa y entusiasmada melancolía.
Nos quiere el Ayuntamiento en el mismo barco, remando a ritmo alegre y enardecido, sin recordar, al parecer, que ya estamos remando en galeras, desde hace tiempo, a golpe machacón de tasa, de impuesto, de multa, de IBI, de contribución, de grúa asesina, de ora maldita... Pídanles que pongan la sonrisa profidén a todos esos proveedores que siguen encargando misas a Santa Rita para que se acuerden de ellos en el paraíso de la Intervención. Pónganles la chapita a todos esos jóvenes que siguen buscando su primer empleo como Diógenes, ese simpático filósofo que, sin perder la sonrisa, vivía en un barril ambulante y portaba una lámpara con la que se pasó la vida buscando un hombre justo y honesto... sin encontrarlo. Pónganles el pin a esos inmigrantes que apostaron por León para intentar salir adelante y ahora están al albur de la crisis con una mano delante y otra detrás. Díganle que se ponga la pegatina a ese taxista que se mete doce horas diarias pal cuerpo para intentar que la hipoteca no le acabe atropellando mortalmente.
Vayan con el pin, si se atreven, a la cola del paro. Fíjense qué chollo: allí pueden repartir, según datos de anteayer mismo, 38.432 chapines. Pero, ojo, vayan con la patrulla no sea que alguno no lo entienda bien y tengamos un disgusto.
A lo mejor sí encuentran un nicho proclive al invento entre la nutrida tribu de pensionistas que invade nuestras calles y plazas. Ellos, dueños y señores del escepticismo, suelen ser más dóciles porque la pensión mínima te deja así como dopado, a cámara lenta, sin más objetivos que recoger a los nietos en el cole y darle al tute con los coetáneos.
Ya ven, esto comenzó topeguay y concluye a ras de suelo. Y es que entre el optimismo y el pesimismo hay una tercera, y dura, opción. Ya lo dijo el que lo dijo: «El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas». Pues eso.