Una aventura de vanguardia
Fuego amigo | ernesto escapa
Desde últimos de febrero y hasta final de este mes, el Arco de Santa María de Burgos (lugar, para mí, de inevitable resonancia cremeriana) acoge una exposición de interés inusual, dedicada a poner en valor los hallazgos que en tiempos poco propicios para audacias sembró la aventura de Artesa (1969-1985), pilotada por el escritor Antonio L. Bouza. La muestra acompaña al rescate de la colección de la revista en edición de Balcells, una iniciativa que se inserta en el compromiso del Instituto de la Lengua de poner al alcance de los lectores el rico patrimonio de nuestras publicaciones literarias. Hace un lustro recuperó la colección de la leonesa Claraboya , la gran revista española de los sesenta. La muestra viajará en abril a Madrid, a las salas del Círculo de Bellas Artes. Este encuentro con Artesa supone, en primer lugar, el reconocimiento del protagonismo de Castilla y León en relación con la poesía experimental, una corriente en la que esta revista burgalesa juega un papel singular, tanto en el plano teórico como creador. Y en esa tarea de riesgo, el papel de Bouza merece los honores de quien supo abrir horizontes a la expresión poética en tiempos ciertamente menesterosos. La escritura en libertad transita por la obra de autores de nuestra tierra, desde el centenario Francisco Pino a sus cómplices de vuelo: Justo Alejo, Felipe Boso, Bouza, Isidoro Valcárcel, José-Miguel Ullán, Pablo del Barco y los más jóvenes Julián Alonso, el leonés Gustavo Vega, Rafael Marín y Eduardo Fraile.
La muestra de Artesa pone de manifiesto el alcance de su apuesta estética. Una revelación que se suma al previo descubrimiento del Veintisiete mesetario, que abrigó el nombre señero de Guillén con revistas de interés en casi todas nuestras provincias. La tarea tenaz hay que reconocérsela al Instituto que dirige Santonja. La exposición repasa con generosidad aquella aventura y otras paralelas, como el impulso a certámenes poéticos tan singulares cual el todavía vigente San Lesmes Abad o el que llevó el nombre de Jorge Guillén, que puso en marcha Antolín de Santiago Juárez, fundador también de la Seminci. Y da cuenta de su raíz burgalesa y del alcance más allá de nuestras fronteras de aquella apuesta innovadora, que encontró eco y alojamiento en revistas de Europa, Asia y América.
El San Lesmes galardonó en 1982 al gran poeta todavía sin desvelar que es Gaspar Moisés Gómez, cuyo primer compromiso ha sido siempre la palabra. El Guillén, en cuya urdimbre estuvo también Agustín Delgado, recayó en su cuarta edición, ya en la órbita d el Consejo General de Castilla y León, en el gamonediano Memoria de la nieve , de Julio Llamazares.