LA OPINIÓN DEL LECTOR
El último héroe del castellano
Tribuna | Juan M. Sandín Pérez
El pasado 12 de marzo fallecía en Valladolid Miguel Delibes Setién, la voz de Castilla, el escritor y periodista que encumbró la realidad de este rincón de España y la de sus habitantes, los castellanos, reflejándolas en su innumerable lista de libros y ensayos. El artículo que sigue a continuación aspira a ser tan sólo un humilde homenaje de uno de sus lectores, un leonés que ha querido enumerar simplemente la obra (en cursiva en el texto) de Delibes, ligándola entre sí a través de una historia que bien pudiera haber salido de la mente de Don Miguel, si no fuese porque la calidad de la misma no llega a rozar siquiera la de los más insignificantes textos de otro patriarca más de las Letras españolas que se nos va para reposar, ya de forma permanente, «en esa paz del corazón alada donde descansa el horizonte de Castilla» (Panero dixit ). Seguir leyendo a Delibes en Castilla será el mejor de los homenajes que podamos tributar a su memoria. No dejemos de hacerlo: de otro modo nos perderíamos una Literatura con mayúsculas que nos habla de nuestra propia esencia.
Diario de un jubilado . Sí, ese es un buen título, pensé momentos después que tres pájaros de cuenta me sacaran de mi habitual sueño vespertino bajo la sombra fresca del parral del patio. Lo cierto es que estas siestas de sobremesa ahora que ya estoy retirado antes de ir a jugar la partida al bar Regio se han convertido en lo más parecido a aquellas otras siestas con viento sur de mi juventud.
Por aquel entonces, en las largas jornadas de trabajo en el campo de sol a sol, había tiempo apenas para un fugaz descanso tras el almuerzo dormitando sobre los dorados montones de parva sin pegar la hebra hasta que mi señor padre -”a quien Dios tenga en su gloria-” me sacaba de mis «meditaciones» sobre Castilla, lo castellano y los castellanos con un socarrón ¡Vamos Miguel, que la tarde no espera, despierta, que aún es de día y no es hora todavía de dormir! Así era la vida por aquel entonces en los interminables campos vallisoletanos, tierras de pan llevar que continúan siendo uno de los «graneros de España». Eran tiempos de vivir al día , mirando siempre al cielo y pendientes de la maldita truena, que de cuando en vez descargaba el temible pedrisco que daba al traste con la faena de muchos meses de dedicación. Menos mal que también estaban las alegrías de la caza para aliviar la que por entonces era una vida sobre ruedas, las del carro tirado por los bueyes que nos llevaba y nos traía hasta los sembrados. Y de confesar aquí, que para un aficionado a la cinegética como yo, no había placer comparable al que sentía al salir, con la escopeta al hombro por entre los barbechos a buscar las perdices del domingo . O acercarme a los Torozos, oteros donde el conejo campaba a sus anchas ajeno a la censura en los años cuarenta . Era la caza por entonces el otro fútbol para los que vivíamos lejos de los grandes estadios, en aquella Pucela campesina y provinciana.
Una vieja escopeta de perdigones que aún conservo como el tesoro, junto al libro de la caza menor que recibí cuando cumplí los catorce años, fueron los culpables de mi pasión por la venatoria. Pero todo comenzó mucho antes, en mi niñez, aquella fría tarde de los Santos Inocentes -¦ Lo recuerdo como si fuese ayer mismo. Eusebio -”a quien los mayores apodaban E l hereje -”, personaje que se pasaba los días vagando por las calles del barrio donde crecí, apareció ese día en la plaza más «belicoso» que de costumbre.
Solía entrar a Valladolid por el camino « de los muertos», así llamado porque era el que conducía al camposanto. Esta vez Eusebio venía con la mortaja que se supone llevaría el día de su muerte, asegurando ser el príncipe destronado de Europa, parada y fonda por entonces, en aquella etapa convulsa de nuestra historia, de incomprensibles conflictos fratricidas entre hermanos que nada tenían que envidiar a las llevadas a cabo por nuestros antepasados en ultramar por esos mundos: Sudamérica con escala en las Canarias . Vociferaba que la causa del problema no era otra que la herencia de Castilla como problema . La parábola del náufrago que tras haber llegado a ser el imperio más poderoso había pasado a ser protagonista de su propia decadencia, en un mundo que agoniza en Castilla de forma silenciosa hoy más que nunca, cuando la cultura oral de lo rural desaparece en el pozo sin fondo del olvido y la indiferencia más absolutos.
Pero aquel día, la estampa de aquel mendigo acercándose hacia mi, montado como estaba yo en mi querida bicicleta , fue reveladora. Dirigió su mirada penetrante hacia mis ojos y me aseguró que mi vida al aire libre sería larga, y que veía en mí madera de héroe . No sé si sería porque los niños que abandonan la niñez son más receptivos a las viejas historias de Castilla la Vieja , pero lo cierto es que el tesoro de aquel encuentro marcó mi destino, como también lo hiciera aquella caricatura que dibujé de una señora de rojo sobre fondo gris para El Norte de Castilla, y que me dio a conocer en el periódico de mi ciudad. Con el paso del tiempo, ni la relación peculiar entre USA y yo ni los dos viajes en automóvil:Suecia y Países Bajos en el último coto de caza menor del continente europeo, acompañado por Nacho, el mago en aquellos dos días de caza, han podido superar las aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo de un año de mi vida , después de 25 años de escopeta y pluma. Aquel en el que, con el disputado voto del señor Cayo , se declaró la caza como deporte de caballeros , merecedora de la hoja roja del honor.
Quiero dejar también constancia en estas páginas de aquellas cinco horas con Mario que pasé en el Pisuerga, capturando las ratas de agua que en medio de la hambruna de la posguerra sirvieron de alimento a tantas y tantas familias humildes.
Menú diario de un inmigrante como Mario, tildado como « el loco » por los vecinos, porque escribía cartas de amor de un sexagenario voluptuoso a una esposa ausente en su primavera de Praga -”correspondencia que quizá nunca llegase a su destino, pero que él nunca dejó de escribir con el trazo inseguro pero indeleble del grafito. Y que enviaba convertidas en barquichuelas de papel que cada semana abandonaba en las orillas del río. Conjurando incluso a mis amigas las truchas para que protegiesen sus mensajes.
Y este es sólo un ejemplo más de la preocupación a diario de un cazador como yo, sobrio y convencido de que Castilla habla a quienes quieren y saben escucharla. Pues así me lo expresó también mi idolatrado hijo Sisi , al volver de uno de nuestros paseos. -”¿Sabes una cosa papá? Me dijo. -”Cuando el viento pasa entre los trigales parece como si les oyera contar tus historias, y por eso sé que éstos me seguirán hablando de ti cuando tú ya no estés.
Estoy preocupado por la Tierra herida: ¿qué mundo heredarán nuestros hijos? Me pregunto lo mismo cada atardecer aquí, en mi querida tierra castellana, el único lugar que conozco realmente, donde la sombra del ciprés es alargada para tocar mejor el cielo. Castilla: la tierra donde la caza de la perdiz roja continúa siendo tan maravillosa como lo era en aquella España 1939-1950 . He dicho.