Diario de León
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La gaveta | césar gavela

Recuerdo a un chico de los Montes de León. Era muy moreno, fuerte, de estatura algo baja. Cada noche, después de la cena, cuando los internos más piadosos del colegio San José de La Bañeza pasábamos por la capilla para despedirnos del Altísimo, aparecía este muchacho al fondo. Para confesarse. Día tras día se confesaba dos veces. Por la mañana y por la noche. Porque pecaba en la luz y también pecaba en la oscuridad. Siempre de malos pensamientos. Y como era evidente que, según la ley católica, quien peca de ese modo se va al infierno si muere sin confesarse, el asunto era muy serio.

El chico de los Montes de León, caía. Cerraba los ojos, su imaginación se disparaba, él cedía. La primavera y las hormonas lo iban destruyendo. Y cuando había caído en el pecado, ya no se dormía, contaba. Hacía todo lo posible por aguantar, por no cerrar los ojos. Para poder estar atento y echar a correr a confesarse si sentía algún síntoma premonitorio de la muerte. Pero normalmente resistía hasta la mañana. Antes de desayunar, dejaba el fardo de su gran ofensa a Dios. Luego le veíamos como un sonámbulo triste por los patios y las aulas.

El padre espiritual insistía mucho en que la noche tenía el gran riesgo de poder llevarnos desde la vida al infierno tan automática como funestamente. Vuelo hacia lo infinito más espantoso por la maldita costumbre de imaginar a una mujer desnuda, acercándose a uno por prados soleados. O avanzando delante del pecador, entre frondas de verdor y de deseo. A veces a gatas, llegó a revelarme el gran infeliz de los Montes de León.

Aberraciones de éstas, conocí unas cuantas. Ahora bien, así como el muchacho del Alto Duerna padecía, se desvelaba y pecaba, otros compañeros vivían gozosamente al margen del discurso oficial y hasta tenían novias en su pueblo, en los veranos. Otros internos, mucho más osados, se citaban en los servicios en horas propicias para indagar en juegos más que prohibidísimos.

Hablar de eso ahora parece locura, pero ocurría antaño. Ahora bien, yo nunca supe de ningún lance de pederastia en aquel tiempo y lugar. ¿Los hubo? No lo sé. La mayoría de aquellos curas diocesanos eran personas modestas y decentes que pudieron estudiar en la Pontificia de Salamanca. De allí trajeron su pasión por Virgilio, por Cervantes o Fray Luis de León, y esa pasión era en ellos, con frecuencia, tanto o más intensa que la que sentían por su ministerio cristiano. No era el caso de aquel confesor, un tipo flaco, melifluo y trastornado. Un pastor que un día me dijo, al conocer mi deseo de desligarme de los asuntos de la fe: si te vas de aquí, Dios puede castigarte. ¿Cómo?, le respondí, y él añadió que de muchísimas maneras. Dígame una, le pedí. Y el dijo que podía caer un rayo sobre mí y matarme al abandonar el internado, nada más salir por la puerta. Cuando lo hice, en un día frío, miré antes el cielo. Llovía, pero no había tormenta. Luego ya di el primer paso, el segundo-¦ Hasta aquí. De momento.

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