Teresa Gutiérrez, concejala
El aullido | luis artigue
E l ejercicio de la política que de verdad necesitamos tiene un componente de idealismo práctico. Sin embargo en política -en ese ámbito en el que todo ha de ser, parece, rentabilizado en votos- quienes de verdad creen en algo con una convicción en la que no se vislumbra el narcisismo personal o colectivo constituyen una rareza difícil de entender, y de olvidar. En este sentido siempre me gustó Ana Guada, concejala que en su tiempo se ocupara del área de Bienestar Social con rigor y conocimiento de las necesidades sociales de León, de nuestro rico movimiento asociativo, de nuestro meritoriamente concienciado capital humano y nuestras flaquezas como sociedad. Su fuerte era el trabajo en positivo. Dejó en su concejalía el listón alto, y por eso, cuando los avatares de la extraña política interna de su partido, las dimisiones sucesivas tras no alcanzar el poder, y demás, la situaron en la portavocía de la oposición municipal, ella trataba de vocear sus criticas aceradamente, encarnizadamente, «masculinamente», pero siempre parecía que su discurso era una impostura; que estaba fuera de sitio; que la habían hecho pasar a convertirse en una mater dolorosa, o algo así.
El tiempo de los políticos y las políticas no se mide en días o años sino en legislaturas. Y con el paso de las legislaturas la labor de Ana Guada se ha visto corregida y aumentada por otra concejala de diferente formación política y muy distintas ideas, pero que sin embargo se aplica e implica con semejante ahínco (aunque su margen de acción real, debido en mi opinión a su finura ideológica y su creatividad a la hora de implementar el trozo del pastel presupuestario que le toca, es de mayor calado). En tiempos de crisis como los que nos acechan el egoísmo de los pueblos hace su llamado. Sin embargo Teresa Gutiérrez, cabeza visible de una concejalía de importancia tan vital o más que las ocupadas por hombres -”¿pensarán esto mismo sus compañeros del equipo de gobierno?-”, está atendiendo a la creciente población con riesgo de exclusión social, a los adolescentes con problemas de integración, a nuestros mayores sin autonomía personal, discapacitados, a los aquejados con enfermedades raras, los dependientes, las escuelas infantiles, etc. Y lo hace con una innovadora eficacia que me he preocupado por conocer para poder calificar ahora de sobresaliente, aunque, sí, también es cierto que a veces se excede en lo accesorio: el lenguaje políticamente correcto... Asimismo ha incidido en las políticas de género, en la atención de mujeres maltratadas, en hacer frente a las discriminaciones promoviendo al respecto políticas de prevención (hay quien parece radical porque va decididamente a la raíz: he ahí lo que necesitamos). El compromiso político práctico de Teresa Gutiérrez, en la línea del de grandes pioneras españolas como Margarita Nelken, Clara Campoamor y Victoria Kent, sin olvidar las peculiaridades de nuestro tiempo se inscribe, aquí y hoy, en la lucha en pro de la igualdad entre hombres y mujeres en dignidad, derechos, deberes y sueldos, y en pro de un mundo más justo para todos.
Esto que escribo quiere ser pues un modesto reconocimiento en esta tierra nuestra siempre parca en agradecimientos... Lo dijo Djuna Barnes: «¡cómo no amar el idealismo que un día será normalidad!».