Diario de León
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Fronterizos | miguel a. varela

El hecho de que el paro sea, según las encuestas sobre el estado de la opinión pública aparecidas estos días, la máxima preocupación de los ciudadanos españoles no tiene nada de extraño, dado el imparable deterioro que el empleo ha sufrido en nuestro país. Que esta preocupación alcance niveles desconocidos desde hace doce años tampoco sorprende, teniendo en cuenta las poco esperanzadoras expectativas de futuro. Que el segundo motivo de preocupación sea la situación económica tiene toda la lógica y está ligado al asunto anterior. Pero que la clase política llegue a considerarse como el tercer problema del país, por encima de conflictos aún tan graves como el terrorismo, me parece un síntoma serio de debilidad de nuestro sistema, una fiebre que, si estuviéramos a tiempo, debiera atajarse con medidas contundentes antes de que la enfermedad se extienda y aparezcan curanderos populistas vendedores de sus falsos elixires «arréglalo todo» que solo conducen al colapso. El ideal de un estado democrático sería contar con una clase política atenta, honrada, inteligente y ágil, capaz de asumir los retos de una sociedad y un tiempo complejos y cambiantes. Me niego a creer que la política sea un refugio de mediocres que aprovechan su cargo para medrar y enriquecerse y aunque ejemplos que me desmienten son los que sobran, quiero seguir pensando que aquéllos son una minoría. Quiero entender que aquella frase del humanista renacentista Luis Vives («vivimos en tiempos tan difíciles que es peligroso hablar o guardar silencio») es una reflexión superada por el avance de la historia. Me gustaría entender que el que tengamos el gobierno más torpe pero también la más desorientada oposición de la reciente historia democracia no es más que un accidente solucionable. Quiero, en definitiva, seguir creyendo, aunque la realidad me lo ponga cada día más difícil y entienda que el país vea a la clase política como problema, no como solución.

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