Las estaciones del maestro
Fuego amigo | ernesto escapa
Luis Mateo Díez se ha consolidado por el empaque de su obra, felizmente en marcha y en constante progreso, como uno de los contados clásicos vivos de la literatura en castellano. El relevo generacional lo sitúa además como heredero del pedestal de Delibes en el manejo de la lengua y en la construcción de personajes inolvidables. Su última novela, El animal piadoso, nos devolvía al espacio mágico de Celama, un territorio literario habitado por un censo fascinante de personajes en derrota y fantasmas inquietos. Dos de sus libros (La fuente de la edad y La ruina del cielo) tuvieron el doble refrendo del Premio Nacional de la Crítica y el Nacional de Narrativa. Actualmente, es nuestro escritor mejor colocado para el Premio Cervantes. Un monográfico reciente de la revista Turia (que alcanza las 524 páginas) revisa con estudios de especialistas y testimonios de compañeros de aventura el saldo de su trayectoria creativa. Un alarde que ha resultado posible por la implicación y el apoyo decidido de la Obra Social de Caja España. El volumen incorpora dos estudios preliminares sobre la obra de Crémer y Pereira, que firman los profesores José Enrique Martínez y Nicolás Miñambres, y recoge la adhesión creativa de narradores y poetas y la confidencia de los amigos. El grueso corresponde a las aproximaciones críticas, que vienen arropadas por un texto inédito del autor, una entrevista de Fernando del Val y el escrutinio de vida y obra a cargo de Carmen Toledo.
Después del habitual fogueo en revistas y concursos, Luis Mateo empezó a publicar tarde, ya en la madurez, y esa prudencia ahorra bochornos al autor y a sus lectores. Desde sus primeros textos, fue dibujando un territorio literario recorrido por el filón esperpéntico, que sin embargo no ahogaba otros registros, que brotan intermitentemente en su obra. Ya entonces tenía claro que lo universal no es otra cosa que lo local sin fronteras.
El escritor leonés dispone de un universo narrativo absolutamente reconocible. Sus personajes, de factura siempre singular, transitan por escenarios grises, predispuestos para alojar la rendición de la derrota. Son tipos de una audacia resignada, que resultan tiernos y a menudo extravagantes. Su peripecia sombría se clarea con el disolvente del humor, que es el contrapunto más eficaz para evitar el acecho del costumbrismo. Este mundo literario, que retrata tiempos menesterosos, se asienta en una prosa de apresto tectónico. Ahí radica su singularidad creativa. Su escritura combina la herencia de la memoria rural con el cañamazo del humor, el legado de los relatos orales con el quiebro irónico de los es guinces líricos.