Escabechina laboral
En blanco | javier tomé
E chando la vista atrás, creo recordar que nuestros actuales gobernantes políticos nos prometieron el oro y el moro. Haciendo la cuenta de la abuela, todo un feliz catálogo de previsiones que incluía el pleno empleo, partidos de fútbol a tutiplén, helados en verano con la posibilidad optativa de elegir los sabores y hasta, si me apuran, la llama de la iluminación eterna. ¡Toma castaña! Pero la realidad se ha vuelto majareta y salpicada de pillerías y embauques, hasta el punto que ya nos hemos acostumbrado a vivir al filo del desastre. Al ministro de Trabajo, don Celestino por más señas, deberían enseñarle las virtudes terapéuticas de ese refrán que dice «nunca digas nunca». Hablo, naturalmente, de los cuatro millones de parados a los que nunca llegaríamos, decía el bueno de don Celes. Un discurso público inflamado, como es evidente, por el absurdo opio de optimismo.
Aunque la escabechina laboral imperante hace que vayamos camino de los cinco. Pero como no hay quinto malo-¦ Se trata de una gripe de categoría suprema que al único que no asusta es al propio Zapatero, ese torero de sin miedo que vive ajeno a los evidentes peligros de la conjura de los irritados. Según sus allegados, don José Luis tiene más ferias que la mujer barbuda y, haciendo uso de una fría ecuación intelectual, cree posible domeñar un mal viento que no trae nada bueno. A todo esto, ¿qué dice el estólido Rajoy, jefe de la oposición? Pues por el momento, poca cosa. Se limita a ejercer como ruiseñor de desastres y cantor de las desdichas que se multiplican en este mundo de brocha gorda, a la caza y captura de un honesto rédito electoral. Si un día llegase a pisar la moqueta presidencial, ¿seguiría haciendo el don Tancredo? Todo el asunto escandaliza a la razón, pues mezcla con desenvoltura el estupor con el sainete. Lo único cierto, por el momento, es que los españoles somos tan pobres como el pavo de Job.