Diario de León
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El corro | pedro vicente

Desde que comenzó la crisis hemos oído hasta la saciedad que para superarla no bastaban remedios coyunturales ni cuidados paliativos, era imprescindible meter el bisturí, abrir la economía española en canal y aplicar las consabidas reformas estructurales. Rajoy no se ha cansado de reclamárselas a Zapatero, si bien es verdad que el PP nunca ha desvelado con claridad en qué consistía su cirugía. Los empresarios han sido algo más explícitos a la hora de concretar una de esas medidas estructurales, la reforma del mercado laboral. Consiste básicamente en flexibilizar aún más la contratación y sobre todo en abaratar el coste del despido, medidas que, aunque usted y yo podamos pensar lo contrario, por lo visto redundarán positivamente en la creación de empleo. Con acuerdo o sin acuerdo sindical, el día 16 el Gobierno modificará por decreto el actual marco de relaciones laborales y sabremos en qué consiste la primera reforma estructural.

Quien piense que los principales recortes sociales son los contenidos en el Plan de Ajuste antidéficit se estará equivocando de palmo a palmo. Son medidas duras, sobre todo para los funcionarios y pensionistas, pero a la postre no dejan de ser coyunturales, es decir, de alcance temporal. Las verdaderamente inquietantes son algunas de esas reformas estructurales que con tanta insistencia reclaman la derecha, la banca y ese tenebroso poder denominado mercados internacionales.

A través de los continuos y calculados globosondas nos han ido dando sobradas pistas de por dónde se dirigen los tiros. Nos dicen que el Estado de bienestar de que hemos disfrutado hasta ahora es un lujo que no podemos seguir permitiéndonos en el futuro, que en su actual dimensión es insostenible y que si queremos preservarlo es inaplazable someterlo a una «reforma estructural». Oséase, hay que aligerar su presupuesto recortando su actual cartera de prestaciones en sus dos capítulos fundamentales: la sanidad y las pensiones.

Las dos recetas para reducir el capítulo de las pensiones ya no las han ido adelantando: retraso de la jubilación a los 67 años y nuevo sistema de cálculo de las pensiones, ampliando el periodo de referencia de 15 a 25 años. Es cuestión de tiempo que la comisión del Pacto de Toledo se reúna y proceda en consecuencia. Lo mismo que el mal llamado copago sanitario sobre el que se nos viene mentalizando y que está a expensas de un acuerdo de Estado con las comunidades autónomas. (Mal llamado copago porque en realidad el mismo ya existe y por partida doble, tanto a través de las cuotas que abonamos a la Seguridad Social como a través del pago parcial de los medicamentos). En resumen, que cuando nos hablan de reformas estructurales podemos ir echándonos la mano a la cartera y no por una sola vez, sino ya para siempre. Al final el Estado del Bienestar -”esto es, los ciudadanos que lo disfrutamos-” va a ser el que pague la gran factura de la crisis. Sin olvidar que otra de las reformas, la del sistema financiero, antes o después se acabará llevando por delante las importantes prestaciones sociales de las cajas de ahorros, víctimas propiciatorias en proceso de fagocitación por la banca privada.

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