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León

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Fuego amigo | ernesto escapa

La rueda de los centenarios da ocasión para revisar la baraja de los olvidos. Algunos despistes recientes y sin embargo crueles y pertinaces, otros merecidos. En 2009 pasó inadvertido, a pesar de la notoriedad del personaje, el centenario del zamorano Manuel García-Pelayo, primer presidente del Tribunal Constitucional. Y muy desvaídos los del poeta Basilio Fernández y los novelistas Darío F. Flórez y Pedro Álvarez Gómez. Algo más agitado estuvo el recuerdo del filósofo Aranguren. Panero recibió en Astorga el homenaje de las Obras Completas, preparadas por Javier Huerta, y sobre todo el rescate de su aventura vital en la novela Jardín perdido, de Andrés Martínez Oria. También al zamorano Pedro Álvarez le hicieron el agasajo en su provincia. La sintonía se repite y este año nos tocan de cerca los nombres de los poetas Francisco Pino y Alfonso Moreno, además del salmantino de adopción Gonzalo Torrente Ballester. El tajo de la guerra civil atravesó la biografía de estos personajes. La figura más elocuente sigue siendo la de Torrente, fallecido en 1999, cuatro años después de haber recibido el Castilla y León de las Letras. Pino se le anticipó seis años y Alfonso Moreno, después del primer Adonais de 1943, fue dejando que su empleo como alto ejecutivo del Banco de España acabara sofocando el pálpito de los versos.

El segoviano Alfonso Moreno cumplió lúcidamente los cien años el 24 de enero. Ya en este siglo, Los días y las olas y Las cuatro estaciones recogen los versos de la jubilación. Francisco Pino tuvo su reconocimiento en los noventa, con la edición de su poesía verbal y experimental en seis volúmenes a cargo de Antonio Piedra. Ahora el centenario reúne sus libros públicos y secretos, multiplicando los tomos de su obra. En este caso, la voluntad de alejamiento del poeta -»que nadie sepa cuándo nací / que nadie sepa cuándo morí / que nadie sepa mi nombre»- claudica ante el fervor de los albaceas.

La trayectoria de Gonzalo Torrente Ballester sitúa su nombre entre los grandes del siglo. Con sus luces y sombras. El dibujo de su compleja silueta requiere más trazos y algún sosiego. Su panorama de las letras españolas contemporáneas omite a Miguel Hernández, incurre en groseras descalificaciones a los vencidos y hace el ridículo adulando la dimensión literaria y europea de José Antonio. Diez años más tarde, la solidaridad con los mineros asturianos le supuso la pérdida de bicocas. Su obra de creación más importante discurre entre la trilogía Los gozos y las sombras (1957-1962) y La saga/fuga de J.B. (1972). Luego vendrá una larga etapa de copiosa, jaleada y desechable literatura alimenticia.

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